jueves, 20 de febrero de 2014

La señorita del vestido amarillo (cuento corto)



Busquemos otra vez, ese cuento de la señorita de color que fumaba en la esquina de lo que parecía ser un bar de época. Sí, yo la vi bien, confundida con un vestido amarillo, el pelo corto, fumando contra el rincón de lo que parecía ser un bar de época. El piso de madera, con sillas altas y mucha gente. No se veía nada por el humo de los cigarrillos, no de los que fumaba ella contra el rincón de lo que parecía ser un bar de época, sino de los que fumaban todos los otros. Había un montón de personas.

Uno estaba contra el piano, con el brazo apoyado en la cola del instrumento y medio borracho, mientras que tres atrás le festejaban aplaudiendo la mímica que hacía cada vez que escuchaba al pianista entonar alguna canción en lo que parecía ser un viejo bar de época.

Un grupo de irlandeses que no hicieron más que tomar jarras y jarras de cerveza, se quejaban de que sólo se tocaba blues en el bar mohoso, todo de madera y con sillas altas. Cada tanto, cuando el pianista paraba para tomar un trago de lo que sin dudas era whiskey, los irlandeses aprovechaban la ocasión y entonaban viejas canciones de la isla ya olvidada por los años de borracheras y los viajes a ningún lugar.

Unos ingleses hacían alarde de sus habilidades para tomar sin fondo alcohol y bajaban una botella de ginebra pura, con un poquitito de limón. Todas eran lenguas de otros países, en ése bar oscuro, casi sin luz, librado al azar de un camino a cualquier parte de aquel país nuevo, del continente africano.  Y allá estaba ella, contra el rincón, de lo que parecía ser un viejo bar de época. Fumando su cigarrillo. La señorita mirando de reojo todo lo que el humo la dejaba ver.

En el cuello, se veía un collar plateado que brillaba cada vez que ella movía su cuello para negarle la atención a los cientos de caballeros que con cualquier tipo de excusa se le acercaban a conversar. ¡Basta! Ella fumaba, contra el rincón del bar. Me acuerdo. Estaba ahí…

No sabía el nombre, tampoco me importaba. Yo quería tomar un poco más de cerveza. Estaba harto de estar en ése condenado país, tan remoto, tan hostil. Luchando entre el mundo viejo y el mundo nuevo. Me quería ir. ¿Qué carajo hago yo, un argentino, en éste país de morondanga? Me acuerdo pensar mientras terminaba el trago de la cerveza ya caliente.

Pensé en los bares o en esas fiestas que describe Fitzgerald y me convencí de que todo era una misma cosa: Estados Unidos, África, Inglaterra. Todos unos ineptos con algo de ego y mucho alcohol para desgraciarse todavía un poco más. Me tembló el pulso de la bronca. Apoyé el vaso y vi que la señorita del vestido amarillo había salido por la puerta del bar… “¿A dónde carajo sale sola y a esta hora?” pensé.  Tropezándome contra la gente estúpida que estaba en el bar haciendo tiempo y tomando cerveza, corrí hacia la puerta. La vi, con los brazos cruzados y de espaldas a la puerta.

Le grité: “Ey…” Se dio vuelta y noté que estaba llorando.  Tenía ojos verdes (o eso quise creer yo).  No sabía en qué idioma hablarle así que me limité sólo a mirarla fijo y sin correrle la mirada. Debe de haberse sentido muy inhibida porque no hizo más que venir hacia donde estaba yo parado para abrazarme. Como la puerta estaba abierta, se escuchaba todavía los ecos del piano y las voces borrachas del bar.
Me dijo un tímido “Thank you…” y se puso a bailar al ritmo de la música. Desconcertado la abracé. No entendía lo que estaba pasando, pero el olor a su perfume me tranquilizó. Bailamos entre el ruido de los grillos, la música del piano y el grito de los borrachos confundidos entre las risas.  Le dije que me decían Fausto y no me respondió. Le comenté que me gustaba el blues y se rió.  

A los pocos minutos pasó un auto que frenó a unos pocos metros de la puerta del bar. Era amarillo, como el vestido de ella, con ruedas grandes y lujosas.  El techo negro y los vidrios oscurecidos. Ella me besó en la mejilla, repitió las únicas dos palabras que me dijo aquella noche y se fue.


Yo me quedé con ganas de emborracharme aún más. Volví al bar. Pedí whiskey en vez de cerveza.  Escuché un poco la música mientras me apoyaba contra la cola del piano hasta que entendí que un grupo de personas se reían de mí  por cómo cantaba las canciones junto al pianista, mientras movía los brazos y el whiskey se caía mojando todo el piso. Comprendí que estaba borracho y caminé hasta casa por las calles de un pueblo asqueroso  y lleno de tierra. 

lunes, 10 de febrero de 2014

Sobre el Tango y otros menesteres...

Alguien le dice al Tango

Porque escribir se debe a la Libertad y a la Libertad, nosotros, no le debemos nada. Les cuento lo que está pasando: desde hace tiempo pienso que escribir me cuesta más de lo que en un principio sospeché.

Cuestiono cada una de mis palabras. Claro, si hacemos un análisis en extremo rigor, puede decirse que siempre fui fiel a mis palabras y me que por eso me cuesta escribir. Pero eso son sólo ñoñerías que tengo que superar. La razón, creo, está en otra parte.

La libertad, la búsqueda insaciable de sentido, el impulso de supervivencia... ¿Qué los hay en todos lados? Si, en todos lados. El mundo dejó de ser un pañuelo, para convertirse nuevamente en un mundo. Y es menester que lo admita: extraño esa facilidad que tenía para moverme de lado a lado. Pero, Dios... que inconsistencia. Que delicado los momentos. Ayer recordaba algo que le dije a alguien a la hora de renunciar allí en Dubái: “Si me conformo con todo lo que conseguí acá, entonces, no voy a tener más nada para buscar en la vida...” Lo dije, como quien dice... “ la basura se saca todos los días a las 21.00 hs”, sin  el menor resto de importancia. Ayer, por casualidad o simplemente por el aburrimiento, lo recordé. Todo ello, en el marco de una vuelta fatigosa, de una jornada bastante calurosa y unas ganas demoledoras de tocar guitarra... bah, blues.

Sentado, como estaba, en el asiento del colectivo, la frase tomó sentido: nómade por convicción  y carente de cualquier cosa que requiera de mi dedicación absoluta, me dedico a aprender lo máximo que puedo sobre el Tango y el Blues. No crean que fueron arbitrarias ambas decisiones, no claro que no. El día que crea estar preparado para hacer una y la otra, saldré al mundo una vez más y esta vez, en completa libertad.

A falta de una cosa, se suma otra: la Libertad. Esa expresión pura y sin mueca, del momento mismo y de la sensación inefable. ¿Lo demás? Lo demás puede que tengan más practicidad, pero yo no nací para ser práctico. Anduve de acá para allá, sólo para descubrir que el mundo me genera la misma desazón que le genera a todos y que los lugares espectaculares, son espectaculares sólo cuando hay gente espectacular con quien compartirlo.

Entendí que las letras, los idiomas, valen nada. Mucho más cuando uno sólo habla con egos e intenciones rebuscadas, esta afirmación es extensible a cualquier acento extranjero. ¿El dinero? Esa cosa sencilla, rectangular y con números, no es un objetivo, ni un fin para mí ni los míos. Y por último, comprendí que el conocimiento sólo es fuente de amarguras y las amarguras, fuente de Blues.


Será que tendré que hacer la gran “Robert Johnson” y emigrar “from the land of Californa to my sweet home Chicago”. Es lindo saber que el Tango es poesía cruel que arde como hiel. Me encanta saber que viene de la partícula misma del macho y se encierra en la Ciudad más linda de todos mis continentes: Mi Buenos Aires querido... Tango y Blues, son una misma cosa, con una misma esencia. Da lástima que la gente no lo vea.

Los zapatos todavía no se gastaron y siempre me pregunté de qué color serían esos que iban a gastarse. Me quedan las botas y me sobra un par de cuerdas. Ahora que estoy más tranquilo, la guitarra está más tranquila.

Los días son míos, las melodías de todos.

¡Gracias por presentarte, barrio tango! Gracias por presentarte, chica de zapatos tangueros  y con tacos altos: haces del tango una emoción y de la emoción, todos los tangos. Gracias por dejarte ver, Manzi. Gracias por las milongas, por los ruidos de violín, los de guitarra, los del piso de madera.


Sé que estoy lejos de hacer algo que valga la pena, y la pena que siento, es porque nada vale: sin embargo, prometo intentar y poner todo lo que esté a mi alcance para que juntos hagamos una canción: Barrio Tango.


Salud. 

domingo, 5 de enero de 2014

2014, y la Fantasía.


Me toca escribir aquí, en el trabajo. No puedo precisar la cantidad de veces que empecé a escribir éste "Nuevo Post" y terminé por borrarlo completamente. Quizá porque las letras no se dan al ejercicio de la inspiración o porque la inspiración no se da al ejercicio de la literatura. Lo cierto es que no se puede escribir prescindiendo del uso de  las letras y por más obvia que resulte la aclaración, creo que me di a la tonta tarea de querer hacerlo.

Pero pasó un año viejo y llegó uno nuevo. Con un montón de cosas para comentar al respecto, entre el kaos mismo que supone la realidad. Hoy, por ejemplo, estoy escribiendo desde muy temprano a la mañana –cosa completamente inusual. Ésa es un poco mi rutina ahora: levantarme bien temprano y salir ni bien despunta el alba a tomarme el colectivo. Leer algo en el viaje. Descansar. Pensar.

La manera en la que se forman mis ideas, no dejan de tener ese mismo tinte delirante que tuvieron siempre.  Con la salvedad, si se quiere, de que hoy trato de pensar mejor. Llegué a la necia obligación de no querer necesitar nada. Estoy resentido y me niego a aceptar  cualquier elemento dentro de la categoría de lo que se consideran "útil" y lo mismo me pasa con seguir cualquier obligación, tomar responsabilidades o aceptar algún compromiso. Sin embargo, ¡vean ustedes qué curioso! estoy bastante más disciplinado y haciendo uso responsable de mi tiempo.

La ecuación, creo, es bien simple: no tomo nada prestado y trato de no apresurar -en nada- mi tiempo. Sé a qué hora me tengo que levantar para llegar a mi trabajo. Sé cuántas horas voy a trabajar por día y con qué intensidad. Por la tarde, llego a mi casa. Riego mis plantas y toco mi guitarra. En los ratos que viajo, leo a más no poder. Y cuando siento que se me hace difícil leer porque el cansancio se va acumulando, entonces, ahí sí: cierro los ojos y simplemente pienso.

Pensar es una de mis actividades favoritas. Y admito que cada año se vuelve más entretenido. Hoy llegué a la absurda conclusión de que la imaginación sólo se ve motivada  por aquella imagen que se produce por el significante , valor intrínseco que se le da a las  palabras. (Se ve que con los años, uno se  simplifica y se detiene en las cosas más pequeñas). Me alegró de sobremanera saber que esa obsesión por las palabras -que siempre acusé tener-  viene de lo más elemental: el amor por la Fantasía.

Por ello, pienso yo,  tomarle la mano a alguien para sólo pasar el rato es igual de entretenido y tiene el mismo valor que tocar la guitarra o que escalar un árbol. Porque sólo el riel que sigue el tren de la fantasía es el que, en definitiva, le dará algún valor a alguna experiencia que alguna vez hayamos decidido tener en algún momento de nuestras fantasiosas y ridículas vidas; llena de significantes y significados.  

Yo opté siempre por vivir haciendo lo que se me canta, cuando se me canta y como se me cantó. Admito que metí a muchísimas personas en mis delirios y varias veces metí la pata y terminé haciéndoles mal. También, estimo, habrá quienes se divirtieron con mis locuras y estarán aquellos que, en una de esas, hasta las disfrutaron conmigo.  Mi promesa para este año: ser enteramente responsables de mis actos y enfrentar la realidad sólo conmigo.

Empezó un nuevo año y yo estuve sin escribir por más de un mes. Borrando y re-escribiendo un sinfín de fantasías que siempre me llevan a lo mismo: seguir adelante.

¡Éste Año arrancó con todo! Yo estoy más tranquilo porque me preocupo menos. Controlo menos las cosas y me esfuerzo lo mínimo. Trato de aplicar la dedicación justa a cada una de mis las obligaciones o vicisitudes que pone la vida. Mucho más me contenta el hecho de saber que la felicidad, está entregada a un pequeño espacio que no ocupa mayor importancia que el Vivir en sí mismo y con ello, apunto a seguir adelante con mis objetivos que son bien personales.

¡Feliz 2014 para todos! Yo sé que lo voy a disfrutar como nunca y espero que ustedes, amigos, lectores, compañeros, perdidos en la red, puedan disfrutarlo también. 


Amadeus, 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

I'll never be your beast of burden.






“I’ll never be your Beast of Burden”. ¿Les cuento algo? Las cosas siguen un poco desparejas. Pero, si de algo sirve todo esto, es para que yo lea por segunda vez la Biografía de mi querido y ya cercano amigo, Keith Richards. Y tal vez… todo se trate de eso.

La neta (o realidad) –aquí hay espacio para cualquier tipo de latinismo- es que las opciones pueden ser múltiples. Las razones, unas cuantas. Los días, se pueden contar del uno al siete y cada uno de ellos, emparentarse con algún curioso planeta de esos que orbitan sobre el mismo sistema solar que compartimos, todos juntos, como hermanos. Los viajes se pueden sumar en meses, años. Se podría re-calcular cuántas veces sean necesarias, las suerte del GPS y nada nos llevaría a nada.

Escribir solía ser algo placentero, no algo pasajero. ¿Lo recuerdas Amadeus? Yo te leía con ínfulas y ganas. Las palabras golpeaban. Las teclas se rompían. Los renglones se sumaban y los párrafos quedaban acumulados en montoncitos que algunos llamaban lamento, otros diario y, por qué no, argentinismo.

Hoy estoy en la Argentina, te cuento. Las intenciones son las mismas. Las ganas, son pocas. El destino, ¿o el desatino?  -ya no sé bien cómo llamarlo-  me llevaron a alguna circunstancia un poco ridícula por demás y después de ello, lo mismo de siempre. Amadeus no sabe a dónde ir, Miguel se vuelve loco y se vuelca en una cuesta que sólo apunta al infierno de la bipolaridad. Amigos, droga, amigos, rock, amigos música, alguna mueca… Rock…  Y lo mismo vuelve a repetirse.  Una y otra vez, ¿cuál era esa palabra griega? Ah, sí. Me acuerdo: TAUTOLOGÍA. Que no acepta cambios. Que se repite. Siempre igual.

Podré ser, porque lo soy: un montón de cosas. Algunos días, me despierto con más curiosidad que otros y se me da por leer sobre el Tarot y practicar tirando cartas. Otros, soy un romántico. En los menos, soy feliz sólo por existir. Y allí, el KI de la cuestión. ¿Será que soy Conejo, Mago, Libra,  o una carta del Tarot? Será que soy Amadeus, Miguel, Fausto, Alfalfa, Narigón. ¿será que soy una marca al costado izquierdo de una guitarra que no deja de acompañarme a ninguno de todos los múltiples universos en los que vive Amadeus? ¿Era Amadeus o era Fausto? Ya ni me acuerdo.

No estoy en la completa sanidad. No, jamás. Creo que los días me hacen más y más inestable. Me desligué de todo y todos. Por más de cinco años, anduve viajando sin rumbo y el sin rumbo me llevó al lugar de partida: Buenos Aires. ¿Querés que te diga la verdad? Sos preciosa Buenos Aires. Sos tan celosa. Tan multifacética. Tan única. Tenés tanto Rock. Es, realmente, admirable.
Y yo, sólo quiero ser una estrella de Rock que haga Rock que cante Rock, que respire Rock.

“How Can I Stop”, ¿mi querido Keith? Sólo puedo responderte con un “I’ll never be your beast of burden” pero creo que ya sabés ésa respuesta. Tal vez, sea hora del “Hey you, get off my cloud”. Pero no hay a quién decírselo.

Me gustó mucho lo que hiciste el otro día Amadeus, me olvidé de contarte: estuviste a pleno Rock todo el fin de semana. Con gente que se acercaba a escucharte tocar el Blues. Escuché a varios felicitarte al respecto. Y eso me alegro. ¿Seguimos?

….

Salud viejo amigo.



Amadeus, 

martes, 5 de noviembre de 2013

Sobre la Desesperación




Ay… amigos, ¿cómo les cuento mi rabia? ¿Por dónde empiezo? Tanto rebajarse. Tanto bajarse. ¿Bajarse? Sí. Bajarse. Bajarse de un avión eligiendo una ciudad cualquier… la más austral de ser posible y venir ¿a dónde? A la nada misma.

Quiero culpar a alguien. Pero no puedo. Quiero decir que me arrepiento. Pero no me sale. Quiero decir que tengo orgullo. Pero de ése no me queda. Quiero gritar que el mundo es un lugar fantástico y lleno de esperanzas… Pero no creo en nada. No creo en nadie. No creo en las ciudades. No creo en los países. No creo que pueda yo servir para alguna cosa. Y acá me tienen…

Tengo una bronca que abarca toda la costa del pacífico e incluye el resto del océano. Tengo una cosa tan adentro que no me deja dormir tranquilo.

¿Qué hago? Un ataque de desesperación. ¿A dónde estoy yendo? A la ruina misma, mis queridos amigos. A la ruina mísera del patético personaje que ya nada tiene para ofrecerles. Entendí que mi ejemplo es un ejemplo de esos que mata pasiones. De esos que arruinan amores. De esos que no dejan nada a la imaginación. Soy la indiscutible prueba de que hacer las cosas mal tiene sus consecuencias. De que en realidad, ser un inútil, tiene poca utilidad. Y tal vez, sea hora de ser útil. Pero, ¿qué les digo? Si me quedé sin palabras.

Sin embargo, ¿a qué me aferro hoy? Me han robado hasta la esperanza. Se me acabaron las fuerzas. Se acabó todo. Basta de sueños. Basta de ideas. Basta de gente. Realmente, hoy me gustaría desaparecer.


Amadeus, estoy desesperado. ¿Qué hacemos?

sábado, 12 de octubre de 2013

Otro tonto post rock...



¿Cómo se confiesa la verdad, cuando somos meros protagonistas de un presente simple que se desenvuelve en tiempo? El tiempo, “Si no me lo preguntan, entonces lo sé. Pero sí alguien me lo pregunta, entonces no sé” escribió San Agustín en sus confesiones. Pienso, claro. Como siempre.

Estoy un poco desorientado. Estuve corriendo de lado a lado por mucho tiempo. Y sin dudas que la adaptación va a llevar varios meses más. Pero al fin puedo comenzar a sentir que el presente que vivo es el que, en definitiva,  estaba buscando.

Estoy disfrutando de mi segundo fin de semana. Conforme a una rutina que hace tiempo añoraba. Cada uno de  nosotros podrá elegir de qué lado de la vereda pararse y ninguna estará mal. Algunos optarán por el lado de la seguridad, otros por su contrario. Habrá quienes se moverán de forma más imprecisa  y los que dirán que planear es más conveniente. Los veremos pasar, a algunos: serios y decididos y otros, inconformes y aturdidos. 

Ahí creo encontrar la magia. Se me da por pensar que el presente es lo más digno de lo que nos podríamos fiar; porque no hay quien sea capaz de definirlo tal como es. Ahora vendrán esas típicas preguntas: ¿quiénes somos, qué buscamos, qué queremos?

Yo discuto todo ello solamente con mi alter ego y varias horas al día. Resulta ser una forma constante –y hasta mañosa- de cuestionarme.  Así,  no sé por qué, creo acercarme más a lo que verdaderamente estoy buscando. ¿Qué es? Francamente no lo sé, pero me atrevo a decir que nada menos que mi vida.

Fui -y lo sigo siendo-  un acérrimo defensor de la libertad y del espíritu; aunque entiendo ser muy acelerado e impaciente cuando se trata de tomar decisiones. Sea como fuere  justificaremos pues al estilo, según nuestra cosmopolita forma de entender el mundo, ¿o no?

Ridículo será leerlo  y discutible el motivo, pero yo tengo una idea aproximada de lo que quiero. Y es encontrar aquello que sea mejor y para mí. En su forma más sencilla y de sentido de supervivencia que debe existir en cada uno de nosotros. Y pienso, rápidamente, en la música y esa cosa de la libertad, la multiplicidad, la adaptabilidad… siempre nueva, siempre bella, siempre única, siempre luchando.

Seguiré siendo un incesante caminante,  ridículo, excéntrico y torpe, soñador y bruto, inservible y confianzudo, hablador y exagerado. Porque en  la vida sé es un poco de todo y somos todos, un poco de alguno. Porque la perfección es tan hermosa que más vale defenderla y buscarla que conformarse y entregarse… o quizás sea todo lo contrario. Me gustaría algo que contuviese a las dos posibilidades y allí en éso encontrar el sentido al presente.

… Me da la sensación que éste es otro torpe posteo de rock…

martes, 10 de septiembre de 2013

Caminante que haces camino al andar



¡Uf…! ¡Cuánto tiempo sin escribir! ¿Qué fueron, unas tres semanas? Pasó de todo aquí, en esta región tan austral del mundo. Y las palabras que se siguen sumando. Si tengo que serles enteramente francos, mis queridos lectores (me temo que cada vez quedan menos), pensé en escribir unas cuantas veces.
Uno de los tópicos que más se repetía en mi cabeza –es menester entender que yo pienso cada post con mucho anticipo y evalúo cada uno de sus posibles resultados- era sobre la personalidad en el Rock. Sin embargo, frente a tal tema, se me hacía un poco imposible ser del todo sincero.

Mi personalidad, sufre trastornos de grandeza, entre otros tantos males. Lo que hace a la tarea harto dificultosa, si se trata de ser enteramente ciertos con la verdad. Pero, por suerte, para despeje de muchos y coincidencia de algunos pocos, estuve leyendo mucho.

Estas semanas sirvieron un poco para eso. Dejé, definitivamente, Dubái. Lamentablemente, todo atisbo de esperanza, quedó resumido a cenizas. Ni mi italiana, la que otrora solía acompañarme con palabras dulces, quedó a la espera de alguna noticia mía. Ya no soy quien era. Mi alma quedó opacada y un poco más tosca. No digo sabia, porque lejos estoy de ello. Pero sí, opacada. Chata. Vulgarizada. De una vulgaridad típica de quien necesita ser uno mismo, tal vez. Ahora, no se preocupen. Sigo estudiando el italiano, cada día un poco más. Es una lengua preciosa, llena de conceptos hermosos sobre la Belleza y el Arte del bien.
A todo esto, se le suma la fatídica tarea de ser un ente social. Pero la diferencia aquí, frente a otras alternativas, es que la ruta hacia lo que quiero, se vuelve mucho más accesible frente a otras posibilidades que antes podía plantearme. Me sobran, a Dios gracias, las entrevistas y se me dan las propuestas. Puede que tenga que trabajar un poquitito más de lo que esperaba, pero nada de lo que no esté dispuesto.

Sigo escribiendo en mi diario. Una especie de “journal”  que llevo conmigo a todas partes. En él, anoto cosas de lo más disímiles. Mientras que un día puedo estar escribiendo harto sobre el Rock, puede que al día siguiente, esté escribiendo alguna poesía. Lo que tiene de sencillamente atractivo éste medio frente a los demás, es que es enteramente mío y yo decido si compartirlo o no.

Puede que este post se vuelva redundante. Puede que sólo sirva para alivianar las consciencias que quedaron pasivas frente al insulto sutil de quien no quiere verme más. Puede, incluso, que me sirva más a mí que a esas otras personas. Pero siempre me gustó creer que mis lectores son aquellos que yo bien conozco y que, en alguna inverosímil realidad, hasta quizá sea yo mismo que me releo en algunos años de aquí. O algun alma que en los sueños busca pero no encuentra. O el espejo de Bórges que lee porque es un re-lector de los textos imposibles. O un Cortázar, que escribe sobre lo que no tiene sentido escribir o un Alejandro Dolina que escribe por escribir.

Tengo muchas ganas de escribir sobre “La Personalidad en el Rock”, disertación a la que vengo dándole forma en cada unas de mis mañanas. Si le sirve de consuelo a alguno de mis lectores, a los que prometieron leerme por siempre, la música se ancló en mi vida para nunca más dejarme. ¡Y es fascinante ver qué tal progreso se hace evidente y piel, en cada una de mis horas frente al instrumento! Paso horas viéndola, durmiendo al lado mío... mi guitarra. Sintiendo cada una de sus cuerdas como si fuera mi misma  carne. Escribiendo canciones y haciendo cositas nuevas.


¡Prometo devolverles los tópicos más interesantes, pero para hacer fiel a la promesa que hice sobre este blog, aquí se escribirá un poco de todo, de todo lo que haga falta, de todo lo que sobre, de todo lo que no se deba escribir, de todo lo que tal vez escriba… de todo… Amadeus, de todo!