martes, 21 de agosto de 2012

Sinfonía de la desesperación

Kyrie Eleison.


Suenan esos acordes estruendosos del Requiem de Mozart, hoy un día después de haber puesto fin (de manera casi irreversible) a lo que considero mi primer "libro". Es muy osado hablar de ello. Sería una pena decir semejante pompa, más cuando las notas tridentes de un Requiem me hacen pensar en todo aquello contra lo que luché a la hora de escribirlo.

Creo que lo escribí sobre el mismo material con el que lo empecé hace unos cuantos años ya. Necesitaba cerrarlo, y no me han de creer, escribirlo y corregirlo fue un proceso largo, duro y nervioso. Mientras releía algunos de los textos escritos, podía sentir esa misma angustia, ese mismo odio, esa misma desesperación que tanto sentí en aquel tiempo. Y hoy, sin embargo, me siento tan poco angustiado, más libre. Dispuesto hacer de mi todo algo más coherente. Sé que quizás esta no sea la forma más armónica de la coherencia. No obstante, me veo en la obligación de afirmar que este post es hoy, motivo de alegría. 

Escribir te lleva a estados y, para recurrir a ellos, el escritor, tiene que ceder a mucho de su personalidad. Tiene que ponerse en papel, como el actor, como el músico que, a la hora de interpretar su obra, hace muecas, gestos, grita, desespera, todo y más, para darle al espectador la fascinación de las palabras... o del momento.

Yo me puse en papel, me puse en rol y haberlo dejado a Fausto que haga de las suyas conmigo por tanto tiempo, fue un proceso doloroso. No voy a hablar como quien tiene un nieto y ve el tiempo como a un hermano lejano que hace años vive separado de la familia. No, sería hipócrita de mi parte. Pero sí he de admitir que hoy me levanté con un peso menos en la consciencia. Creo que se debe a la  imposibilidad, o tara, mental que uno se pone a la hora de emprender semejante empresa. Todos esos "por qué", todos esos miedos. 

Yo ya no estoy para algunas cosas. Mis motivos pueden ser un poco más claro o, por el contrario, más difusos... pero aún así, adentro mío, lo que quiero se me presenta más diáfano y mi futuro es hoy, más mío que nunca. Un primer paso, para cualquier acción en la vida, es enfrentar con lucha armada, esas cadenas opresivas del "no puedo". Otro, ser paciente. Siento que dejé ir un pedazo de mí que, hacía tiempo, estaba ahí... atado un poco a mí, tirándome despacito hacia el borde de lo inagotable. 

¿Sinfonía de la desesperación? ¿Tendré que admitir lo que adentro me avergüenza? ¿He de decir que me llevé a los límites más absurdos de la desesperación para poder terminar lo que necesitaba terminar? ¿Tendré que confesar que hice cosas atroces y hasta nefastas? Quizás sea necesario... Por lo menos que quede aquí el registro, si no para los otros, por lo menos para los míos que vivir es una acción consecutiva en donde todo lo que una vez decimos o deseamos de nosotros, nos persigue como el Cuervo de Poe, hasta nuestros últimos días. O bien terminas lo que empezas o, pronto, decidite a morir en el intento porque si no, el sentimiento de lo mediocre te acompañará como una niebla oscura por el abismo de los días que separan el hoy, del último respiro. 

Me acuerdo cuando era más chico y leía a Fausto... Fausto, Werther, Fausto, Werther, Fausto, Werther... Goethe, ¡él fue quien me inspiró desde lo más profundo! Él y ese desgaste constante de lo absurdo, de vivir el sentimiento de la forma más plena, quizás, hasta agotar toda posibilidad de la lógica... No por el hecho de querer demostrar ser el mismo, un poeta... no. Sus intenciones eran las de probar el Temple del hombre.... ¿Hasta qué punto estamos dispuesto a seguir por nuestras ideas, nuestras metas, nuestros deseos? 

Y me acuerdo también, de Don Miguel de Unamuno y su Nivola: "Agusto se levantó una mañana dispuesto a pasar un día a gusto." Él, en su forma, con su Agusto, con su Nivola, probó los límites del hombre. Quizás en una forma más latina que anglosajona, pero forma al fin. Fueron ellos quienes me inspiraron, desde lo más profundo, a Amar profundamente, hasta el borde de la locura, actuar, de la forma más apasionada y jugar al artista hasta sus últimas consecuencias. Me acuerdo un día, sentado en una plaza, ahí por donde yo vivía cuando vivía, pensando: "el día que yo cumpla edad suficiente, voy a tener historias para contar".

Me llevó mucho tiempo escribir alguna cosa que me resultara digna de querer publicar. No sé bien cuál es el destino de lo que escribo pero se me da por pensar que el futuro, aunque no brillante al menos puede ser futuro ¿Y no es ello suficiente para seguir intentando o mejor aún, seguir escribiendo? Sí. Lo es. 

Tengo nuevas metas ahora, sobre todo con mi pasión primera: escribir. Tengo nuevas metas con todo lo que tengo para esta vida. ¿Y la desesperación? ¿De dónde nos viene? ¿Dónde queda?

La desesperación fue la suerte de ser adolescente. La suerte haber amado profundamente. La suerte de haber dado lo mejor de mí y lo peor de mí: todo por el simple hecho de querer experimentar... ¿Qué me queda ahora? Ahora me queda lo otro, lo mejor: volver a planear, volver a escribir, volver a descubrir. 

Amadeus, 

PD: Adiós mi querido Fausto. 

lunes, 20 de agosto de 2012

El ridículo de vuelta





¿Qué te convierte en escritor? ¿Qué hace de tu vida una acción? Tenemos tantos nombres para llamarnos y gritarnos, tantas voces para escondernos y, de repente, lo que uno quizás quiere es el más mínimo de todos los silencios. Como los que haces en la música. Los silencios propios de quien no tiene nada para decir por el momento porque hablar, supone muchísimo.

Pero somos trenes descarrilados, yendo rumbo al fracaso: empezamos el partido perdiendo. Y hoy quiero escribir, mientras intento terminar mi boceto de libro que, espero, me lleve a un nuevo horizonte, en un nuevo continente, en una nueva ciudad. Estoy un poco harto de la parálisis que produce la arena en el desierto, creo que los edificios son muy altos acá y están tapándome todo el sol. Yo quiero sol.

Espero que no vengan las voces tridentes del "te lo dije" o que nadie confunda la aversión con el deseo. Si, esas inconstantes ganas de tener razón, me da un poco de nostalgia pero...¡cuánta pesadumbre también!

Me hace acordar a cuando escribía antes, ¡y si quiero acordarme e intento hacerlo, me es imposible! ¿Qué será de las letras que se nos esconden tanto? ¿Qué será de la Paz que nos duele siempre? Me encontré diciendo en mi último e-mail (intento fútil de hacer algo de sentido con mi vida) "el mundo es una jaula". Me dolió encontrarme con una realidad tan lastimosamente aceptada, y yo peleando por ideas nefastas que incluyen: La Paz, el Amor y la Solidaridad.

Leo las noticias del mundo, las que verdaderamente duelen y me siento un privilegiado pero cuando pienso en los socorros que este mundo necesita y me veo en las redes disconformes de la Comodidad me siento un mentiroso, un vil manipulador.

¿La mentira? ¿Es lo mismo que los gustos? ¿Qué es mentir? ¡Arriba esas manos burlonas que andan gritando ecos de querer estar solos! Arriba esas garras idiotas del: 'haber cómo llamo la atención'. Vamos al grano, vamos al universo. ¡Ahora estamos en Marte! ¿O era martes? ¡Ah, veo a un Amadeus que viene corriendo y está decidido a golpearse la cabeza contra la pared! ¡Sé lo que va a doler!

Uf... bueno, bueno, bueno, bueno... bueno, el tambor hace tum tum, tum tum, parece un corazón que explota en la las latas de cerveza que se cuentan al costado de un monitor manchado pero tan lleno de cariño. Los recuerdos de ayer son: alcohol, alcohol, alcohol. ¿Esa estúpida manía de beber? Puede ser, a falta de otras cosas. Me imaginé corriendo hasta el más oscuro y nítido de los Vacíos: "El Vacío en sí mismo, es forma" dicen los Sabios Zen, ¿qué es Zen? Me preguntaron en mi último viaje. 

Sienta bien leer, aclarar, correr y distraerse. Sienta bien hacer el mal cuando el mal es el bien que hace falta para que todo se re-establezca. Quizás la Piedad Cristiana, tiene su centro en ése universo. A mí me gusta creer mucho la fascinación de Plotino, contemplando al Bien como un alejamiento del Mal. Pero estamos muy lleno de mentiras como para creer hoy en algo. ¡Yo quiero creer en mis alpargatas y mi mochilita casera que hace la suerte de cajón de idioteces!

Leímos a Borges y algunos tuvieron la mala suerte de leerme a mí. Lean más Borges, léanme menos a mí. Nunca tuve tanto para decir y, sin embargo, el "Yo" conmigo,  es permanente. "Mis cuentos, no tienen personajes" osó decir... claro, porque todo es "Yo". A mí me gustaba la idea de ser nosotros y puede que por eso me perdí. ¿Me perdí? A mí gusta la idea del plural. Siempre extraño a mis amigos, siempre extraño a mi familia, siempre extraño a los míos. Y, cuando estoy de viaje y el tambor suena bum bum, bum bum, pienso en mis guitarras que solas esperan hasta que yo vuelva para volver a desafinar entre sonidos burlones y los recuerdos de una risa. 

Hoy es feriado en la Argentina, y las almas se juntan a hacer descabelladas comilonas... Me acuerdo de los míos, me acuerdo de mi familia y me acuerdo de mis amigos. Los llevo siempre, a todos, tan permanentemente presentes que me es difícil no verlos con mis ojos abiertos. "Me fui 26 días a mi casa, no podía soportar quedarme en el desierto y, cuando estaba pidiéndome las vacaciones, estaba muy triste", ¿Cómo? Respondí: ¿Y con los otros meses que te quedan del año, qué tenés pensado hacer? Ahí es cuando te das cuenta de las diferencias irreductibles del absurdo:

El absurdo: Vuelvo a poner los dos puntos pero quiero empezar escribiendo en mayúsculas. La libertad es aquello que nos moviliza a amar sin necesidad de poner un freno. Yo, en el desierto (vuelvo con la partícula Y-O ,construcción armoniosa como la de los átomos que forman moléculas), tengo restricciones morales, esquivas, personales y emocionales, ¿puedo amar libremente? 

Qué será de todo eso que todavía no sé, ¡de esos excitantes lugares del Mundo que, al parecer, a otros llaman! ¿Qué será de la palangana cultural que hace el ridículo en los cinco continentes? Mis metas se reducen a deseos, y los deseos se tornan desesperantes. El año pasado no tenía expectativas con mi vida, pero este año, volvieron todas juntas. El tiempo se hace años, el año se hace pesado. Este iba a ser un gran año, lo dijo mi Astróloga China, la que escribe libros todos los años y canta en todas las lenguas. Ella siempre habla de las liebres esto, la liebres esto otro. 

Dejemos de dejar. Acordémonos de empezar. ¿Volvamos a intentar? No sé nada de todo eso, hoy no sé nada de nada. Sólo sé que Radiohead parece una buena opción para pasar el momento y descargar la plaga que supone escribir y el ridículo de vuelta... el ridículo de vuelta... el ridículo de vuelta... el ridículo de vuelta... el ridículo de vuelta... el ridículo de vuelta... el ridículo de vuelta... el ridículo de vuelta...

Hoy quiero tomar café, mirando a mis perros correr al lado mío mientras la guitarra está apoyada en el pasto, cerca de mi silla verde. La que siempre usaba para mirar el aterdecer.

Amadeus, 

lunes, 23 de julio de 2012

Dejarlo todo y volver a andar


Horas de la tarde (pulse aquí)


Con aire de canción, me siento a escribir. Un poco de penas, quizás... el recuerdo de ser nostálgico, me atrapó. ¡Ah, me acuerdo de cuando escribía poesía a cada rato! O cuando me sentaba, en esas tardecitas tan mías, con mi banquito verde en el medio del jardín de mi casa. Me gustaba porque ahí, entre medio de la copa de dos de los árboles más altos que tengo en casa, se podía ver la puesta del sol.

El atardecer, en ese banquito verde, hecho de madera, viejo ya, muy viejo y medio podrido, era de lo más lindo. Los colores de la tarde a mí, siempre me han fascinado. Para mí la gente no se da cuenta de lo linda que es la tarde. Los tonos naranja, rojizo y azul, mezclados con el verde y el marrón de la naturaleza... si empiezo a recordar ahora mismo, siento las lágrimas bajando por mis mejillas.

Uno va creciendo y, cuando lo hace, se olvida de todas esas cosas que a uno lo hacen ser un chico, lleno de magia, feliz y contento. Claro, madurar dicen, es parte de la vida. Me acuerdo cuando era chico y jugaba entre las hojas del otoño, mi estación preferida y con los árboles. El árbol era un barco y las hojas del otoño, eran mis peces que yo pescaba para comer. ¡En ése entonces, estaba recorriendo el mundo! Mi sueño.

Siempre me gustó la de los Piratas que viajan a tierras vírgenes a conocer y enfrentar lo desconocido. Siempre me gustó ése espíritu aventurero y se me da por creer que, de haber sido yo, uno de esos intrépidos de antaño, hubiera salido también en mi barco a recorrer las nuevas costas, el nuevo mundo.

Ese fui yo. Siempre pensando en el pasado. Siempre pensando en qué época fue mejor y maldiciendo a la Modernidad por haberme encerrado en estas calles, en este mundo, en este cielo nuevo. De repente, uno empieza a leer a Borges. Lee a los viejos poetas, lee a los nuevos y ya no encuentra diferencia. Pero uno lee a Borges y , el recuerdo, la eternidad y el tiempo se convierte en un problema resuelto. Porque sé muy bien que él estaba obsesionado con los mismos temas que yo y mucho más aún: el estaba obsesionado con el tiempo.

Ya no se me da por pensar tanto en qué época debería haber vivido y, sin embargo, me atajo a aquellas cosas que alguna vez me hicieron ser chico y feliz: sobre todo, en los colores de la tarde, en otoño. ¿Será por eso que cada vez que viajo a alguna nueva ciudad, me enriedo hasta que se hace de noche, por las callecitas de cada una de mis nuevas ciudades?

El mundo se me achicó tanto ahora, el presente, me es un día aquí, dos días allá, tres en la vuelta y un poco de horas en este aeropuerto. Es un lindo trabajo, no les voy a mentir. Pero de repente, uno se convierte en chico de vuelta y todos esos sueños vuelven a ser juegos. Y el juego, según dijo Cortázar, es lo más importante para el hombre. El ocio fue siempre el motor de la creatividad y después, de la actividad. Eso lo digo yo... y quién quiera.

Hoy miro por mi ventana. Me siento un poco más refinado que antes. Ahora tomo whiskys de mejor calidad y vinos un poco más elaborados. Y cuando tomo el té, lo hago con galletitas danesas que son mis preferidas. Y, sin embargo, la realidad me sale por los poros y el deseo ardiente de conseguir un poco de estabilidad emocional, aflora a piel viva.

El pasado, ya no me atormenta. Sin embargo, contrario a lo que algunos creen, la ley de los opuestos volvió a atacar y se me dio por pensar en el futuro. Ya no quiero pensar tanto en eso. Y como dice una canción que escribí hoy, dejarlo todo y volver a andar.

Andar, andar, andar. Dejarlo todo y volver a andar. Hacia el infinito, hacia lo desconocido. No más pruebas al tiempo.  Me gusta estar en donde estoy ahora, me refiero al tiempo. Detesto Dubái. Y cada vez que se me dio de ir a uno de esos lugarcitos europeos tan lindos, tan íntimos, tan llenos de historia, mi corazón explotó de emoción. Ahora, estoy buscando un nuevo rinconcito en el mundo. Estoy componiendo mucho y me gusta hacerlo. Trato de no sentir odio. No. Quiero sentir el amor, salir por mis poros. Canto con un poco más de aliento, eso me gusta.

¿Es el futuro de lo incierto lo que me motiva o es aquello lo que acusa mis horas de ser sonámbulas? Quizás, las palabras, o el recuerdo de las palabras o las acciones hechas palabras.... no, no... quizás sólo sea dar un salto de fe. Yo siempre fui impulsivo. Necesité un poco de pared para poder frenar. Me di golpes duros. Ya sé cómo frenar, de a poco, mis impulsos. Sin embargo, voy a hacer caso mi instinto y arriesgar el todo por el todo porque de corazón sé que de acá a un año, mi situación va a cambiar. Yo no voy a hacer el mismo, no voy a querer lo mismo, no voy a buscar lo mismo pero, aún así con el todo del todo, las tardes van a seguir siendo mis momentos preferidos del día y cuando vea esa tarde roja, naranja, con azul y la mezcla de verde con el marrón de la naturaleza, sé que voy a ser feliz una vez más. Como quizás lo soy ahora o lo fui hace un rato. Como quizás se me da por estarlo mañana o el día que viene cuando vuelva a salir de Dubái para un nuevo destino, un nuevo lugar.

Una nueva oportunidad para dejarlo todo y volver a andar. Como ese día en Córdoba, cuando con mis alpargatas ya gastadas, decidí dejarlo todo y volver a andar. Esta vez, sin meter a nadie en el medio.

Amadeus,

jueves, 19 de julio de 2012

Ah, te vi entre las luces.


Ah, te vi entre las luces



Hoy me siento a escribir, para contar un poco por dónde viene la mano ya que son muchos los comentarios, pocas las ganas y demasiadas las horas. ¿Podríamos ir un poco más al grano? Me acuerdo cuando escribir era cuestión de hacer que las letreas se pelearan una contra las otras. Hoy, todo cobra un nuevo sentido. Un nuevo y perfecto sentido. ¿Vos me seguís leyendo? Creéme, estoy seguro que sí.

Sin embargo, acá estoy. Ayer quebré las reglas del juego. Si, ese patético control mental que intenta meterme de adentro ya no lo soporté más. Y al verde me fui para caminar sin cesar en Cophenagen. Sí, y mientras todos me creían fácil, yo me hice el difícil y en la más completa de las soledades, te fui a recorrer. Hoy, es la luz de mi vela y no de tu foquito de luz, luz tan artificial y desinteresada que a veces me alumbra cuando leo. Pero no, hoy es mi vela. Y escribo a la luz de mi vela. ¡Hoy quebré todas las reglas! Hoy no te tengo miedo, sistema maldito, devorador de sueños. Meticuloso, harapiento, harto molesto, siempre en búsqueda de la consumación del producto. ¡Si, sabés muy bien de lo que hablo! Asco me das.

Hoy ya no te tengo miedo. Y escribo esto a modo de triunfo porque mi alma está feliz y contenta. Mi guitarra está apoyada en mi cama y yo, estoy un paso más cerca de la libertad. Mis dedos se  mueven de contentos a la hora de escribir esto, casi como si estuviera tocando el piano... si el piano con la música de la libertad. La música de la expresión libre y para nada sintética. ¡Ya no me asustas más! No. Hoy entendí cómo es que funciona todo... si.

Música, Musas, vengan, vengan, reúnanse todas juntas, acá, en frente mío que tengo algo que deciros: si, a todas las llamo en Honor al dios Baco que bien espera su vuelta a este insípido mundo. ¡Todas, todas, vengan, juntas! Riendo las veo, dando vueltas y vueltas... es tan emocionante que me hacen llorar. ¡Ay... son tan perfectas! Ahí están, siempre estuvieron ahí, en la sombra que proyecta la luz de mi vela ... No escondidas en la fanática luz artificial, esa inmunda que a veces me alumbra cuando leo. ¡Ahí las veo!

Ya no te tengo miedo, sistema mediocre, lleno de falsas ilusiones que esconden días y horas, que encierran sueños y metas, que aparta familias, que esconde personalidades que encierra a los amigos y deja libre al enemigo. No, no ya no te tengo miedo. ¿Acaso creías que iba a dejar consumirme adentro tuyo como un cigarrillo mal apagado al costado del cenicero de vidrio que entre las cenizas se consume y se consume hasta llegar al falso filtro de plástico? No, no. No llegaste a acabarme. ¡Ya te entendí, sistema absurdo y ahora no podés encerrarme! Ah, no. Claro que no.

Me voy a la tierra de la Libertad, bien adentro de mi alma... bien, bien adentro, en donde alumbra mi corazón, en donde la música se junta con las Musas que juntas vienen bailando... ahí están, las veo ahora mismo, con la sombra que proyecta la luz de mi vela. Si, todas están ahí, esperándome. En la sombra que proyecta la luz de mi vela, no bajo la falsa luz del foquito de la lámpara al costado de mi cama prestada, noooooooo, claro que no. ¡Ahí-las-veo-a-las-Musas! Todas juntas.

Harapientas quedaron mis esperanzas, harapientas claro... pero libres de ataduras. Hoy están libres, completamente. Porque a la sombra que proyecta la luz de mi vela, brillan aunque sea un poquito, pero brillan. Y ya no tengo miedo. No.

A la tierra de la libertad, ahí voy.

Amadeus,

sábado, 14 de julio de 2012

Que me quiten lo bailao.


Por qué canto así,


Vamos a lo más banal. Intentemos despojarnos, al menos hoy, de los buenos modales. Empecé leyendo a Tolstoi. ¿Saben lo que es eso? Un clan de correctos, adornados de bajezas que en realidad, buscaban escapar al irrefutable malestar que producía el penoso y nada bien considerado S XIX. Pasemos al S XX que alguien ya me dijo que "el mundo fue y será una porquería" para más adelante agregar "en el 510 y en el 2000 también".  O sino, terminemos de una vez por todas con todas esas modalidades de Paz y Guerra e intentemos concentrarnos en lo que nos rodea. Estoy en el S XXI.

Estoy escuchando un disco de Thom Yorke, cantante de los Radiohead. Estuve leyendo la historia, hace poco, de esta gran banda. Algunos la considerarán más o menos adecuada, otros un poco más inapropiada y siempre estarán aquellos a los que nada les importe. Mi filosofía a la hora de hablar de música post Beatles es la de escuchar el Álbum y juzgar sobre el álbum. Algunas cosas son recontra destacables... pero el concepto de banda debería quedar resumido al de: te creo o no te creo. Hiciste buena música o pésima.  Y ahí llegamos a los que puede llamarse veredicto. Porque si nos sentamos con los pantalones bien arremangados a juzgar sobre el estilo de la banda, entonces nos veremos metidos en un gran problema.

Pero dejemos la música y llevemos la atención, nuevamente, a lo más banal. Como bien dije arriba, en el primer párrafo. Hoy no me interesan los temas delicados de fantasmas y prosas. De mercados y poesías. De fierros y políticos que pocon hacen. No, no. Hoy estoy hablando de algo más humano. Más destacado que todas esas noticias que se publican para que la penosa audiencia sufra el desconsuelo de lo inevitable.

Los días que encerrado uno se pasa adentro de su cuarto. Metido con la cabeza en esto de lo que se tiene que hacer para que la vida sea lo que tenga que ser y no otra cosa. Claro, las preocupaciones del porvenir o el futuro mediato. Un whisky, dos whiskys, tres whiskys: listo. Nos fuimos directo al tango. Más tango: nos vamos a Julio Sosa. La Cumparsita:

Venía caminando por las calles mugrienta de Kuala Lumpur, ciudad capital, si no me equivoco, de ese país llamado Malasia. Y de repente, por acción de la magia o el elemento de la nostalgia (sumado  a las copas de ocasión en perfecta soledad), este tango tan tremendo que marcó en mí el cambio de una época a otra, saltó en mi memoria y como el olor del perfume que acompaña cada movimiento del cuerpo, este tango, me acompañó en mi vuelta al hotel.  (*Nota del autor: Tengo que confesar que perdí mi apartito con música. Cuando estoy solo, sobre todo caminando, me gusta musicalizar ese momento con la música que considero más pertinente para la ocasión. El haberlo perdido hizo que mi cabeza acompañara  mis tristes pasos, automáticamente,  con la música que consideró más conveniente y fue por ello que el tema "La Cumparsita" me vino en suerte).

Este Tango arranca como arrancan casi todos los tangos, con un tremendo dos x cuatro que el bandoneón resalta, mostrando la grandeza inmigrante  que una vez estacionada en la Hermosa Buenos Aires (La ciudad europea de Latinoamérica), marcó los destinos musicales de una era, de una época.  Ya desde el principio te advierte que será un tango triste, de los cómodos tangos penosos al estilo "Otario que andas penando". No es una milonga, no. Es el lamento al rojo vivo de un tanguero que quiere resaltar, desde el instante primero, que lo que él hará a continuación será, ni más ni menos, hablar del mismo Tango. Y así arranca: "Pido permiso señores, que este tango... este tango habla por mí".

Ya lo ven ustedes, el tango hablar por él.  Qué mejor elemento para una canción que la canción hable por uno, ¿no les parece? Una vez más, vuelvo en mi memoria, a ese día de año nuevo con mi botella de Champagne, encerrado en mi cuarto poniendo Play al disco de  Julio Sosa. El primer tema fue, por accidente del destino, este tema. El primer tango que me sentaba a escuchar, propiamente, como un tanguero. Con Champagne.

La nostalgia, la melancolía, la idea de lo que fue, lo que se perdió, lo que queda, lo que viene, lo que se encierra en el corazón, lo que esconde el corazón, lo que queda grabado en el alma para nunca más irse, lo que duele como hiel, lo que se perdió un día a la hora que la dormida se la llevó, lo que hacen las guitarras, lo que lastima el bandoneón, el ahogar las penas, el corazón lastimado por la percanta que se fue, el pido permiso señores y Mi Buenos Aires querido.... Tango. Tango y más Tango.

Ahí me di cuenta, me acordé de cuando mi meta era la de ser un tanguero cosa que creo yo soy a la perfección, de que el Tango ya cantó todo lo que había para cantar. La historia ya nos contó todo lo que tenía para contarnos. Ya no quedan historias nuevas, ni momentos nuevos en la humanidad. Agotamos esa posibilidad porque el hombre es egoísta. Ya, hasta las religiones están agotadas, so pena que le duela a los defensores de sectas.

Agotamos la proeza del hombre para encerrarla y empaquetarla en cuentos cortos que hoy se muestran por TV. Por eso a la gente le gusta tanto el presente aunque vivan del pasado. ¿Qué? ¿Qué cómo sé que a la gente le gusta el presente? Pues bien, muy fácil: miren un partido de football, miren las caras de los que están viendo el partido. Vayan a escuchar un tango a una tanguería. Vean a la gente comer un asado, un domingo al mediodía. Véanme a mí escuchando un disco de los Beatles.

Y me levanté. Me desperté de la cama pensando en esto y es por ello que ahora, 9.30 AM lo estoy escribiendo. Porque no me importa ni el futuro de lo que vendrá ni el pasado de lo que fue. Hoy le hago la guerra a esos tiempos y digo: vivo de esto, hoy. Mañana, me dedico a mis sueños. Sino, ¿qué sentido tiene la vida? Y termino con otro tango del Varón del Tango que dice:



"¿Qué querés que le haga hermano,
si nací pa' morir pobre.
Con un pucho entre los labios y un tango entreverao
juego, canto, bailo y río
y aunque no me quede un cobre...
Al llegar la última hora....
Que me quiten lo bailao".

sábado, 7 de julio de 2012

Con aires de escritor





Vivaldi - Invierno

A mí no me gusta dármelas de escritor. Pero no voy a mentir que a veces siento ese ardiente deseo de escribir sobre todo, con respecto a lo que me pasa cotidianamente. Quiero como infundir ese respeto que yo siento por las letras. Claro, ahora no leo tanto como antes. Tengo que admitir que este trabajo me cambió muchísimo. No tanto en mi forma de pensar, pero sí en mis hábitos. Porque antes, me hubiera levantado y directamente, después de haberme hecho un rico té o un buen mate, me hubiera sentado a leer y leer. Y después, sólo después, pensar en el día y sus pormenores. Claro, no quiero ser parte de esa frase de Borges: "Mucho he leído, más poco he vivido". Creo que me inclino más para el lado del: hagámoslo a medias.

Sin embargo, vivir en la ficción en la que estoy viviendo, en este encierro tan falto de aire, en este agobiante desierto de modas pasajeras y ficciones tan nefastas comos los credos ridículos que se creen estos, se me hace, cada vez, más difícil. ¡Ah! ¡Y acá saltan los justicieros para hablarme de la metafísica de mi vida y mi falta de seriedad a la hora de encarar proyectos! No, muchachos... dejemos los consejos de vida para después que hoy estoy bastante serio.

Me viene pasando seguido, cuando mi portuguesa se me va de viaje y yo me encuentro a las vísperas del "¿Qué voy a hacer?" que me pongo todo serio y no me dan ganas, si quiera, de abandonar mi cuarto... único rincón mío de esta ciudad. Único rincón de mi alma para por lo menos, ser libre dentro de lo desprolijo de la esclavitud en la que vivo. (Otra vez, a los defensores del trabajo les digo: no soy un desagradecido, todo lo contrario. Así que no empiecen).

Veo árboles y mi alma llora. Veo calles con veredas y mi corazón grita. Veo a los míos y mis ojos lloran. Pero te veo a vos, y veo que me entendiste. Te leo a vos y veo tu: "All you need is Love" y todo se me hace perfecto y claro. Con vos Dubái, deja de ser Dubái y pasa a ser todos mis sueños.

Pero otra vez el encierro. Otras vez, las pesadas horas de volar a otro continente bajo formas de trabajo que rozan lo inverosímil que nada de fausto tienen. ¿Qué remedio pues contra esta desidia, esta ardua tarea del ser... de estas agobiantes horas de calor? ¡El arte! Eso se me ocurre de entrada. Pienso en todos esos héroes.

El arte, único motor para revertir ese mal injusto que domina nuestras calles y que hoy se apodera de los nuestros, dándoles largas jornadas laborales, largos discursos electorales que al final nada cambian, sacándole esas horas de café bien merecidas para encerrarlos en canastos con poca ropa pero muchísimas ofertas de moda. Acá no vengo a hablar de política, sino a apretar las teclas con fuerza mordiéndome la lengua de la rabia que me da pensar que estoy en Dubái cuando bien merezco estar en otro lugar... y quizás, en otra cosa.

Hay días que me siento tan casando que me pregunto ¿será posible que el humano tenga que vivir así? ¿Y todo para qué? Para que al final del mes tengas un copioso sueldo que hacen de algunos, fieles admiradores y parte de las hordas de la compañía que, entre tés de buena calidad, llama a los ridículos a formar parte de sus filas bien entrenadas de soldados pendencieros.

Me siento vulgar al ver esas cosas. Y ataco. Claro que ataco, me pongo mi pantalón hippie y trato de demostrarle al mundo que de a poco vivo con nada. Ataco, dejo de tener medios celulares para que sepan que el contacto es de mí hacia ellos. Dejo de tener vida activa para que sepan que mi inactividad es el vehículo de lo personal y no del plural colectivo que infestado de ideas modernas ataca y ataca.

Hay cosas lindas en este mundo, lo sé. El mundo es un espacio heroico en donde el Amor es el verdadero vehículo, en donde el Amor es el único medio, en donde el Amor triunfa a la luz de algunos que entre luchas diarias pueden  encontrar una verdadera razón para levantarse cada mañana.

Yo no quiero más esta vida artificial y me enrosco en el arte para buscarle un respiro a toda esa ficción y es por ello que me las doy de escritor. Y compongo canciones y me la doy de músico. Y escribo en mi blog y me la doy de intelectual. Y toco guitarra y me la doy de guerrero del Arco Iris y escucho a Vivaldi y me la doy de antiguo.

Sólo tengo una cosa que es cierta en Dubái y es a mi portuguesa que entre caricias y horas de sueño me hace pensar que todo tiene una razón en la vida o un buen espacio para acomodarse. Y los adagios de Vivaldi, ahora, se hacen más claros. Y las tensiones en la espalda empiezan a aflojar. Y el hambre que de a ratos me ataca, se me hace más relajado y puedo compartirlo con verduras. Sé cuál es el camino que voy a tomar. Y sé que en muchas decisiones, las vamos a tomar juntos. Ahora, me dedico a preparar el terreno. Nada de acciones desesperadas. Perdón por lo brusco de las palabras, pero así me siento cuando de repente, me siento preso.

Ya no quiero seguir escribiendo letras tibias de algo que no aguanto. Prefiero centrarme en todo lo que busco. En todo lo que espero. En todo lo que quiero.  Pantalones y barbas... ¡a eso apunto! Al verde esperanza que me da la sensación de que hay vida. Al relato casual de una tarde mía y no inventada. A las horas del té, en los días que se toma té.

Al Dios de las Alturas, esperanza.


domingo, 24 de junio de 2012

Pienso sin parar


Para pensar


Me serví la última copa de mi último vino y un piano suena como Chopin. En el mientras tanto, un montón de cosas están desordenadas en mi cuarto. Veo mis dos guitarras colgadas en la cama, con el paquete de cuerdas nuevas que hoy cambié. Veo mi ropa sucia que está dispuesta para que se lave desde ayer... Veo que el piso se llena de pelos con rulos de mi música Portuguesa, más un montón de bolsas y basura que todavía tengo que sacar. Voy para la cocina y veo los platos sucios de la cena de anoche, en donde le cociné. Veo todas estas cosas y el piano que sigue sonando como Chopin y pienso... Pienso sin parar.

Porque Dubái es eso, sólo pensar. No creo que nadie más haga algo más que eso. Claro, estamos hablando de los que no son locales. Duermo, cuando llego de un vuelo, muchísimo, porque viajar realmente agota la energía de uno. Toco guitarra para concretar mi sueño de hacer algo con la música y mientras canto con emoción... pienso... pienso sin parar.

Voy al gimnasio, es bueno hacer deporte. Corro media hora. Después de eso, paso a elongar hasta estirarme lo más que pueda. Elongo y después, directo a las máquinas con barras. Levantar pesas, mirarse al espejo, tomar agua, volver a elongar, levantar más pesas. Terminar la actividad física, sintiéndose uno realmente fatigado y mientras hago la última serie con peso... pienso... pienso sin parar.

A veces me pregunto qué de todo lo que hago vale realmente la pena. ¿Vivir en Dubái, vale la pena? ¿Vivir la vida que vivo, vale la pena? Me preguntan si es cierto que los de Libra somos inestables. Yo no creo que sea inestable... me han acusado de bipolar una vez, pero tampoco lo creo. Sé que tengo el bicho de la nostalgia que, como le pasa al tango a veces sale a la luz pero, inestable, no creo.

Me preguntan si estoy mintiendo o me dicen que todavía no pueden confiar en mí, no del todo. Otros me acusan de cosas peores, pienso... pienso sin parar.

Dubái es el lugar más ficticio de todos los que estuve y me atrevo a decir que he estado en Las Vegas. Sin embargo, en la ciudad norteamericana, cualquiera puede pasar por rey o por bufón, mientras que acá, todos quieren ser Rey. Y pienso... pienso sin parar.

Tuve la oportunidad de ver a la lluvia, mojando la ciudad anglosajona de Melbourne, son los detalles paquetes que te da el trabajo. Detalles que no sé cuántos de los que están aquí realmente aprecian, pero ya no estoy en esos pormenores. Yo me contenté, pese al descontento colectivo por el día gélido y gris, con ver la lluvia, todo desde mi ventana. Mientras el agua mojaba las calles y la gente corría para no empaparse con el agua, cuando salía del tren. ¿Es esto una ciudad? ¿Es esto la vida?

Vivir es el miedo más grande de todos. Y, sin embargo, pienso, vivimos con tanto miedo que cuando nos toca la hora de no vivir, sentimos que no aprovechamos mucho todo este episodio en donde nos encontramos hoy, pero no mañana. Pienso... pienso sin parar.

Me acuerdo de Borges y su visión de la Eternidad. Para él, es una imagen estática cuya copia es el tiempo. Y las calles de aquel bajo que visitó cerca de Banfield, es el mismo, con el mismo aroma pero 50 años después. Y quizás, si yo voy a ese mismo barrio encontrado por el mero azar, según palabras del autor,  quizá también me encuentre con ése mismo olor y esas casitas de portón bajo de las que él hablo. Mientras escribo todo esto y termino mi copa, dispuesto a irme a dormir entre nostalgias y una concretada actitud de "no pienso ordenar nada hoy".... pienso... pienso sin parar.

¿A dónde nos lleva la vida? ¿A dónde nos llevan los miedos? ¿A dónde vamos a terminar? ¿Qué estoy buscando? ¿Qué estamos buscando? Me siento feliz, si. Muy feliz, debería decir. Estoy con vos, vos conmigo. Y para mí, la energía es la única fiel de todas las razones. Lo demás, son invenciones de nuestro cerebro. Quiero tomarme un buen día de nada. Pero un buen día, en donde nadie me hable de aviones ni de viajes. En donde sólo estén las guitarras y la música y nadie, de toda la gente, pretenda hacer nada para llamarme la atención y mostrarme cuánta plata es que tienen.

Yo sé que el mundo es mucho más que esto. Y aunque suene pedante, tuve la oportunidad de ver una porcioncita de él, en muy poquito tiempo. Si hay algo que descubrí es que es un mundo gigante, lleno de gente compacta, de diferentes colores y alturas. Me acuerdo de todas las pavadas, todos los prejuicios, todas las ideas absurdas de cómo eran los lugares más alejados de mi bella Buenos Aires, como por ejemplo China y Australia. Me río al recordar lo que una vez creí. Las maravillas del mundo, esas que yo esperaba encontrar en Maestros que me guiaran hasta la Verdadera Luz, ya no existen. Y me atrevo a decir, a fuerza de ser sometido a Juicios morales, que nunca existieron. Y lo digo basándome en una de las frases que dice Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio cuando afirma que "... Nadie es profeta en su tierra". Quizás, con ese mismo principio, nadie es maestro en su tiempo. Sólo un conglomerado de admiradores que lo siguen a uno y todo el palabrerío de la idolatría... Pienso... pienso sin parar.

Y en días como hoy, en donde hice todo para no pensar, incluso pensé en ordenar la casa para no pensar, no puedo dejar de hacerlo. Porque lo único que veo por mi ventana, cuando vos ya no estás, es un pálido desierto que nada tiene que ver conmigo y al que intenté llenar con canciones de amor pero que en realidad, de nada sirve porque si el desierto no puede contener el agua y más bien, la rechaza, dudo mucho que pueda contener unas tontas palabras de un tipo con pelo corto que juega a hacerse el filósofo cuando toma vino.


Me contento con pensar en la simpleza. Mas me entero que no soy tan simple,  soy un universo complicado de Mea Culpas. Aunque me emociona saber que, día tras día, las cosas se me hacen más fáciles y los besos me saben más lindos y las canciones mejores cantadas. Entiendo que todo es una linea ascendente hasta que por fin desciende. Me acuerdo de mis primeros días, antes de venirme, la felicidad y las ganas de migrar porque Bs As. mal que le pese a los porteños, es un club cerradísimo que nada tiene, lamentablemente, para compartir con el mundo. No por falta de calidad, no. Creo a mucha honra que el Porteño (o quizás el Argentino en general), es una persona con muchísimo para dar y también, con muchísimas cualidades. Pero está tan encerrado en el trópico sud americano que nada puede ver por fuera. Y entre el mate que se enfría y los alfajores que llenan los estómagos, nos perdemos de vista. ¡Quizás eso sea el tango, perderse pero afuera, en el mundo! Porque me acuerdo que a Cortázar y a Gardel, sin contar a Piazzolla, les pasó algo parecido... pienso... pienso sin parar.

No creo que esta ciudad tenga mucho más que darme. Aunque en realidad, ahora es cuestión de moverme con cautela y hacer que cada paso sea firme y no tan enclenque como mis pasos anteriores. Creo que, tarde o temprano, el problema del desierto con las palabras, se va a resolver. Y si he de ser un poco más sincero, creo que con vos, mucho de mis problemas quedarían resueltos en un futuro cercano. Sin embargo, es preciso que por ahora me concentre en concretar mi próximo movimiento para poder actuar con sencillez, mas con decisión. Y para ello, pienso, pienso y pienso sin parar.