viernes, 26 de septiembre de 2014
Nada sirve de nada
Cheers Darlin'
Cheers darlin'
Here's to you and your lover boy
Cheers darlin'
I got years to wait around for you
Cheers darlin'
I've got your wedding bells in my ear
Cheers darlin'
You gave me three cigarettes to smoke my tears away
And I die when you mention his name
And I lied, I should have kissed you
When we were runnin' in the rain
What am I darlin'?
A whisper in your ear?
A piece of your cake?
What am I, darlin?
The boy you can fear?
sábado, 6 de septiembre de 2014
Sobre los libros y otras pavadas
(NOTA PRELIMINAR:
Producto de algunas respuestas que recibí en las pasadas publicaciones fue que
decidí hacer esta aclaración para no despertar resquemores en las retinas de
ningún lector desapercibido. El
contenido aquí publicado no incluye a nadie, así como tampoco, excluye a
ninguno. Es decir, simplemente se utiliza como acción terapéutica y nada más.
Es por ello que, si alguno sintió algún tipo de transmutación literaria, sólo
me resta decir que todo mi contenido se ampara y se resiste por el principio
aquí sostenido de que todo es Ficción; respaldado por literatos modernos y pseudos literatos, como en mi caso).
Hace semanas que
pienso en esta publicación. Libro sobre libro, apoyados sobre el borde de mi
cama. Allí, la pila esotérica, literaria y filológica de miles de contenidos
que se devoran, día a día, hora tras hora, segundo a segundo. De fondo, el disco de Django Reinhard y su “re-interpretación
del Gypsy Jazz”.
Literatura para
desayunar que a veces, nos confunde, nos hace pensar. Letras que nos toleran y
prejuzgan, como lectores y leídos. Toda esa ficción, al borde de una cama de
una plaza; antes, sillón y “apoya bolsos de madres con hijos”, hoy: mi humilde
cuarto. En él, como en casi todos mis otros cuartos, los que estuvieron en
otras latitudes, con otros climas y a la vista de otras ventanas, lleno de
libros y poco espacio para lo demás.
¿Qué será esto de leer?
En la compañía
que trae estar con uno mismo, uno tiende a preguntarse: ¿cuál es el valor de
todo esto? O bien, ¿adónde quiero llegar? También está la culpa occidental
romana, ¿de qué me sirve? Siempre las preguntas de tinte filosófica que acosan
a uno y sus libros.
Hay un cuento de Cortázar
en el que el fin del mundo, se consuma por culpa de las editoriales y los
libros. En el cuento, Cortázar, hace referencia de que cientos de editoriales
publicaron sin control. A tal punto que los libros, se apilan formando paredes
interminables que, como en la vieja Babel, llegan hasta el borde del cielo.
Cuando el espacio continental se ocupa por completo con libros, muchos se tiran
al océano, inundando ciudades, etc. Un
apocalipsis sobrecargado de información, pienso yo.
Es que libros y
lectores, pueden funcionar de varias maneras. Están los que leen todo cuanto existe-existió (pongo el caso de Borges), los
críticos, los que “no leen literatura”,
los ensayistas, los lectores que escriben (esos somos los peores), los que leen
en las vacaciones de verano, los lectores de viaje de tren y los mejores: ¡los
que no leen nada! El libro, como sustantivo, tiene un sinfín de usos. Variados
y alternos, pueden conquistar el corazón del más intrépido y despistado de
todos los No-Iniciados. Pero existe el otro valor del libro, ése del que hacemos
alarde –nosotros- que-gustamos-de-leer, según escribiría Cortázar. Está el
libro en su valor simbólico y allí cambia la cosa.
En esos libros,
Toulouse-Lautrec es un pobre pintor nacido en Toulouse que se muda a Montmartre para retratar prostitutas y cabarets teñidos de
rojo. Borges encuentra el Aleph, en la casa de un tal Carlos Argentino Daneri,
una persona detestable según él. Gurdjieff nos cuenta, en los símbolos que son
libros, que todo sucede y que hay que
encontrar el estado de alerta, vivir en estado de alerta permanente. Don
Quijote, cree ver gigantes en los molinos de viento y Pirandello tiene un
problema con un director de teatro, a quien se la aparecen seis personajes en busca de un autor.
¿Qué decir? La
importancia de llamarse Amadeus, pienso yo. Las palabras son contenidos huecos,
toscos, hasta que viene alguien y encuentra la Piedra Rosetta de la literatura.
Allí, la palabras, se transforman.
Existen muchos
apocalipsis impulsados por todos los medios, sobre el fin de la literatura y la
muerte de las letras. Yo no le creo a ninguno, así como mi confianza en la
humanidad se ve completamente desnutrida, creo también, que es absurdo vaticinar tal nocivo
fin.
Los lectores seguirán
existiendo porque el libro, como el símbolo, tiene por definición el don de
resucitar. Pueden aglomerarse los
tiempos, y los brutos ser más brutos que antes, los menos ser menos… pero la
literatura, como aquel mitológico animal que revive desde las cenizas mismas de
su extinción, vuelve siempre a nosotros pegándonos cachetadas en la mejilla. ¡No
teman, amigos lectores! La compañía fiel
cuasi canina que tienen nuestros libros, seguirá allí por más que vengan
divorcios, amores, enojos temporales, cambios bipolares, tormentas de arena,
lluvias torrenciales, diferentes latitudes,
culturas mixtas, globalización y gente con celulares de pantallas gigantes.
La importancia de
llamarse Ernesto, digo… Amadeus,
PD: ¡Me gusta
mucho cómo escribís Anto Bettati!
viernes, 8 de agosto de 2014
De nosotros y la Poesía
Not dark yet, but is gettin' there.
De pronto nos convertimos en poesía si, vos y yo. Dos palabras con algo de rima que vienen sonando como las canciones con gusto a viejo que canta Bob Dylan. ¡Ah, que vengan los néofitos lectores a decirnos cuáles son las palabras correctas, la rima perfecta! ¿Te acordás de la poesía, ésa que escribíamos vos y yo? ¡Poesía!
De pronto nos convertimos en poesía si, vos y yo. Dos palabras con algo de rima que vienen sonando como las canciones con gusto a viejo que canta Bob Dylan. ¡Ah, que vengan los néofitos lectores a decirnos cuáles son las palabras correctas, la rima perfecta! ¿Te acordás de la poesía, ésa que escribíamos vos y yo? ¡Poesía!
De las rimas, no
nos quedan letras… La noche, la cerveza, los relojes con el tic tac, tic tac,
tic tac… ¡qué fuerte que suenan! ¿Te acordás de Roma, de la noche interminable
con las botellas de alcohol que se tiraban por los aires ? ¡Todo era
botellas vacías!
¡Eid Mubarak! Y
todas sus funestas ramificaciones, el desierto inagotable y la noche eterna.
¡Nosotros éramos poesía! Y ahora, espero palabras tuyas todo el tiempo. Un día
me levanté y vi una cosa escrita cerca de donde yo suelo tipear las miles de incongruencias que a diario borro y re-escribo:
“estoy preocupada”. ¿Qué es lo que te preocupa?
¿Yo te preocupo?
No, no. Eso no es
preocupar. Es el instinto primario que te hace sentir una suerte de culpa
estúpida que no nos lleva nada. Bueno, algo nos trajo: palabras. Rimas.
¡Poesía! Somos canciones viejas, fotos
olvidadas, sonrisas falsas de poses interminables y algo de tomas
perfectas. Somos la basura nueva, del
mundo estúpido y ridículo en el que vivimos. Somos la ira de los amantes, los
acordes do, la menor, re y sol. Un repetir constantes de berretas canciones que
hablan de calles oscuras, noches interminables y la lluvia. Siempre tiene que
estar la lluvia. Las canciones sin fin
y nosotros que éramos poesía…. Éramos, ya no lo somos más.
Yo soy la versión pseudo psicótica de la absurda liviandad
del ser. Vos sos algo nuevo, algo viejo y algo prestado. Me imagino con tus
vestidos amarillos y púrpuras, con zapatos de cientos de colores porque todo
era zapatos para vos… y la poesía. La poesía quedó relegada a las viejas canciones
o a las anécdotas de los sábados por la noche para compartir con el amor de tu
vida y las amigas con siliconas. Porque hoy, todos tenemos algo de silicona en
nuestra cabezas o entre nuestros amigos. ¿Tan plásticos somos? Sí, pareciera
que sí.
El viejo discurso
y la vocación en las palabras. Las palabras y los escuetos discursos de una ex
novia que me acusa de haberle generado un fanatismo ridículo con las palabras
que, al parecer, ninguno de sus compañeros logra comprender. Yo no soy un
fanático, pero sí un simplista. Lo que significa es, lo que es, significa. Así
entiendo yo las cosas. Porque no soy de lo más inteligente.
¿Entonces? ¿Por
qué nos aturdimos tanto en la poesía? Tal vez fue ése día de lluvia en el
desierto que me enamoré. Me acuerdo pensar que sí algo tan increíble como es el
agua, podía inundar el desierto,
entonces yo podía perfectamente enamorarme y ser una persona mayor, madura y constante.
Pero no tuvimos en cuenta la poesía, las de Béquer, las de Shakespeare. Las que
hablan de las noches oscuras y sin luna, en donde el desierto es sólo el páramo
desolado y los amores de verano, sólo un recuerdo fugaz y adolescente. La poesía es la rima que no convoca, la
significación del sin sentido en versión de metáfora y tal vez, en la
actualidad, el recuerdo de una época pasada.
No creas que mis
antiguas borracheras lograron olvidar el olor que tenía tu pelo o el color de
tus ojos. No hay viento suficientemente fuerte como para llevarse tantos
recuerdos. No. El espacio de mi cama será muy chiquito pero, la verdad, todavía
cabemos los dos juntos y apretados.
Pero algo me dice
que es hora de madurar, de crecer. De ser más parecido a los amigos que tienen
siliconas y los que se afeitan las patillas. Quizá, sea hora de tomar el té a
las cinco de la tarde y comer masitas dulces entre charlas cortas y
entretenidas. Puede que mejor sea dejar a Plotino para otros asados, y dejar el
Homenaje a Zeus, como una contemplación netamente personal, sin incluir a
otros. Mejor aún será cerrar esa puerta
que lleva a la gente a decirse cosas o decir de más y no hablar con
nadie de nada. Mejor escuchar los violines con las mandolinas sonar juntas y al
unísono. Creerse Mozart por un rato, mientras un libro de Bórges con Bioy
Casares, se comparte entre amigos imaginarios y charlas con diccionarios.
Mejor, buscar el significado de la palabra “Amor” o “Verdad” o “Preocupar” en
el diccionario de la Real Academia Española. Escuchar Blues hoy es un “must” como dirían mis foráneos
contemporáneos. Esos, los que se jactan de ser tan educados y prolijos. Pero vivir el Blues hoy que nadie entiende de nada, ¡no gracias!. El juego del
teléfono descompuesto y pensar que uno tiene que preocuparse, no es mi juego…
es tu juego. Y yo no lo voy a jugar.
Hoy estoy más
cerca de la ira. Sí, con vos. Porque me ponés en el lugar del “que sufre” y yo
no sufro, vivo. Mal, porque no soy un hombre inteligente en éstas cosas, menos
en materias del querer… pero al menos vivo, siento y digo lo que se me antoja
en el corazón porque lo creo verdadero. Porque siento que ahí está el verdadero
significado de la poesía, no en las rimas consonánticas o de vocales abiertas.
Yo no soy poesía…
y quizás, nosotros, nunca lo fuimos tampoco.
Amadeus,
martes, 29 de julio de 2014
Carta a vos.
Me propongo
escribir, o tal vez escribirte, así. Sin mentiras. Sin triunfos, sin palabras
dulces, ni consuelos de sábado por la noche. Te escribo por acá, porque de otra
forma no podría hacerlo. Te escribo,
porque ya no me acuerdo cuándo fue la última vez que escribí algo. No creo que
esto valga la pena ser leído. Tampoco creo que lo leas. Pero que al menos, quede
como evidencia que te escribí.
Además, sé que
sabes que ya lo sé. Sí, bueno, noticias de ése tipo son difíciles de ocultar
incluso para aquel que no quiere enterarse.
Ya no sé escribir
en español. A veces, pienso en inglés, a veces, en italiano. Suena la música y
un montón de palabras vienen. No me puedo concentrar. ¡Uf, si supieras los
problemas que tengo para concentrarme! ¿Cuándo fue la última vez que estuve
concentrado en algo? Ya no me acuerdo.
Hoy, por suerte,
estoy recibido de “Inútil bueno para nada” y con “Honoris Causa”. Te agradezco
el apoyo porque, en parte, es gracias a vos que llegué a ser tan poco. Pero
ojo, lejos estoy de echar culpas. Ya no es mi estilo. Esto, lo armé yo solito.
¿Qué son las
palabras sino un montón de nada? ¿Poesías? No, no quiero escribir eso. Cartas,
ya ni me acuerdo como arrancaban. Quedan los e-mails, pero de esos me desligué hace tiempo. Me despierto, veo mi casilla de
e-mail a la espera de alguna cosa que me dé algo de sentido o un atisbo de
esperanzas. ¿Quién soy yo? Nadie. ¿Qué se puede esperar de nadie? Nada.
Me puse aquel “soundtrack” que habla tanto vos, ése, el
italiano. El que tiene la mandolina. ¡Si la vieras a Beatriz, pobrecita, ahí
recostada! Me vienen tantas palabras, tanto dolor ahí adentro, tanto orgullo. Me vienen como cosquillas, que bordean la
bronca, la ira, lo imposible, las ganas, las sensaciones, las miles de palabras
que nos dijimos, los momentos olvidados, los que no se pueden olvidar, las
comas y sus respectivos puntos seguidos, los puntos y aparte, las decisiones
bien tomadas, las malas, las actitudes ridículas, los acentos foráneos, la miscelánea
idea de que las cosas pasan, los días de invierno en el verano eterno… todo. Me
viene todo. Y en el estómago, todavía está el nudo que aprieta y no me deja
llorar. ¿Por qué no puedo llorar?
Algunas veces, me
ocurre que estoy hablando de mis guitarras y, acto seguido, un montón de
lágrimas me vienen. Lo mismo cuando menciono a la música. De vos, ya no hablo
más. Tuve un tiempo, hasta hace relativamente poco, donde no hacía otra cosa
más que pensarte y hablarte. Tenía tus fotos, al lado de la Ilíada, me servían
para empezar bien el día. Me daban esperanzas. Hoy trato de no hacerlo, me
digo: “Amadeus, más vale te olvidés, porque ya te olvidaron a vos”. Y escondí
las fotos adentro de un libro que no puedo recordar. Ya no tengo los amigos, los emails, los días
contados, las horas eternas, el calor del verano, el agua de la pileta (o
piscina como dirías vos), no me quedan más “tu”, ni me sobran palabras de
amor. Ya no siento nada por nada, ni por
nadie. Se me fueron los dedos, los dolores, los sueños, el insomnio, las ganas
de estudiar mandolina, la flauta china, los vuelos interminables, los que
terminaban rápido, las horas de rock, las tardes de Blues, el fernet, la buona
cucina, ti manchi un sacco, etc. (Perdón, me interrumpieron, pero no te
preocupes, la música no terminó aún).
Hay que buscar la
definición y lo leo a Plotino que habla tan altanero sobre lo que es el Deber y
lo que es el Camino de la Virtud. La leyenda dice que un día Plotino encontró a
su discípulo y copista, muy deprimido y al borde del suicidio; conmovido,
Plotino, le dictó el Tratado 1.9, en donde aclara que sólo aquel que se dedique
a mejorar en virtud, gozará mínimamente, de la felicidad. Yo no sirvo para nada
y me cuesta creer que alguna vez serví en algo. Soy bi-polar, inconstante,
hostil, impaciente, carezco de método, soy altanero, a veces peco de
megalómano, no hablo muy bien, me cuesta pensar, me doy a los vicios (ya no
tanto como antes) y hoy en día, creo que me convertí en un insensible puro. Ya
no me acuerdo lo que era reír a carcajadas o disfrutar de una borrachera. No me
acuerdo el placer que me producía tocar Blues o lo que me hacía tomar Whisky.
No me acuerdo lo que es el amor en pareja, porque hace más de un año que dejé a
mi pareja allá, en otras tierras… y desde entonces, aquí me ves, yendo de un
lado para el otro. Pero a vos no te importa nada de eso. Ya sabés más de la mitad
de mi historia.
Vos viste muchas
cosas en mí, las buenas y las malas. Nunca me viste a mí. Sentado, desesperado,
con la guitarra pensando qué decir para hacerte feliz, qué hacer para verte
reír, qué cocinarte para enamorarte. No entendías esas cosas… o tal vez sí.
Nunca salíamos de mi cuarto, nunca íbamos a ningún lado. Nunca estuve
tranquilo. Nunca me sentí cómodo. Siempre yo, con mi complejo de tan poca cosa
y la Mandolina, la Mandolina ahí, tirada en mi cuarto. Da pena.
¿Qué importa si
me enteré o no? Creo que querías que me enterara, y te felicito por no haberlo
hecho antes. ¿Responderte? ¿Algo? No, si ya no podía pensar del dolor que me
causaba el estar tan lejos. “No se puede comer del amor” me dijiste una vez. Tenías
razón.
Estoy convencido,
hoy, que en mi vida hice todo mal. Nunca estudié nada. Nunca busqué nada de
nadie. Nunca me sentí completamente satisfecho con nada de lo que me ofrecieron
y/o conseguí. Siempre, buscando, desconfiado, ansioso y a la espera de ésa
casualidad que me llevara a lo inefable: al Nirvana. Al éxtasis mismo que
produce la música. ¡Qué tonto que fui! Si yo no sirvo para nada y menos para
eso.
Tenías razón
cuando me decías que no podía depender enteramente de vos (¿Te das cuenta lo
patético de ésta carta?). Nunca debí de haber bajado esa noche, después de la
Navidad, anunciándote que ya me iba. Nunca. Aunque merecías ser recompensada
por los daños y prejuicios. ¿Tan destructivo puedo ser? Aparentemente sí. Hoy
no siento nada. No me duele el hambre, no siento el frío, no me enojo, no me
emociono, no me río… sólo y en contadas ocasiones, lloro pero nada más cuando
de hablo de la guitarra. No extraño mi vida vieja, no reniego de la nueva, no
me interesa levantarme a las mañana o por las tardes. No me inquieta doblar o seguir derecho. Camino si tengo
tiempo, fumo sin tengo tabaco. A veces juego
al ajedrez solo, mientras escucho algún disco de Blues de la década del 30 o
40. Y pienso lo lejos que nací, lo inservible de mis actos, lo innecesario de
todo esto. Pienso que Dios se confundió conmigo. Consulto, leo, veo y duermo.
Ya es lo mismo un
día, que una semana, dos días a diez horas. A veces, la gente me viene a hablar( porque hoy en día
no hacemos más que hablar de nosotros y hablar de nosotros con otros) yo me
aburro y me quedo callado. Lo hago apropósito, porque ya no me interesa hablar
tanto y menos, hablar por hablar. Espero. Espero a que ellos me hablen y si no
me hablan, entonces, tomo mi guitarra y me pongo a tocar o si no la tengo
conmigo, invento alguna excusa y me voy. O me siento en una plaza y si hace un
poco de fresco, me gusta recostarme en algún banco y dormir. Algunas veces, es
sólo por unos minutos. Pero me gusta esa cosa que siento ni bien me despierto
de la siesta en dónde no sé bien quién soy, dónde estoy, etc.
Pero a vos ya no
te importa nada de estas cosas. Se me da por pensar, porque así somos los
obsesivos compulsivos, que te alegra verme así. Que subís fotos para que yo las
vea o me entere. Me gusta sentir que todavía esperas un e-mail mío, aunque sé
que ya no los esperas para nada. No creo que hayas sido el Amor de Mi Vida,
pero si mi Gran Amor. Yo hubiera dejado el cielo, la luna, las estrellas, las
guitarras, el trabajo pesado, las flores en la primavera, los amigos, la
familia, los días azules y naranjas, las hojas del otoño en Buenos Aires, los
besos dulces de miles de diferentes nacionalidades, las postales, las obras de
teatro, el Blues, las canciones en español, las mandolinas y las canciones
italianas, Roma, todo, todo lo hubiera dejado sí eso hubiera bastado para
hacerte feliz.
Hoy, no te tengo
a vos, ni tengo nada. Cuando me da mucho sueño, o cuando me duermo que para el
caso es lo mismo, porque a veces duermo por dormir, sueño que compro una nueva
guitarra y que le doy por nombre: Eureka.
Es lo único que me da alguna esperanza. Después, veo a las otras, a
Irene, por ejemplo y me siento a tocar. Repito las mismas canciones de siempre,
las que me gustaba cantarte a vos y cuando ya no soporto el dolor (porque tengo
que admitirte que me duelen muchísimo tus canciones), entonces paso al Blues y
muy amargo y con tono enojado, toco por horas y horas la guitarra. Toco hasta
que se me acalambran los dedos o hasta que me duela el antebrazo.
Hoy preferiría no
vivir. Pero las guitarras están ahí,
solas y me dicen: Amadeus, Amadeus, no me dejes. Ya dejé todo en mi vida. Dejé
las comodidades, dejé a mis amigos, dejé a mi familia, dejé mi trabajo y te
dejé a vos. Es importante no dejar las
guitarras colgadas, por más ganas que me den a veces de dejarlo todo y apagar
la luz.
Amadeus,
jueves, 20 de febrero de 2014
La señorita del vestido amarillo (cuento corto)
Busquemos otra
vez, ese cuento de la señorita de color que fumaba en la esquina de lo que parecía
ser un bar de época. Sí, yo la vi bien, confundida con un vestido amarillo, el
pelo corto, fumando contra el rincón de lo que parecía ser un bar de época. El
piso de madera, con sillas altas y mucha gente. No se veía nada por el humo de
los cigarrillos, no de los que fumaba ella contra el rincón de lo que parecía
ser un bar de época, sino de los que fumaban todos los otros. Había un montón
de personas.
Uno estaba contra
el piano, con el brazo apoyado en la cola del instrumento y medio borracho,
mientras que tres atrás le festejaban aplaudiendo la mímica que hacía cada vez
que escuchaba al pianista entonar alguna canción en lo que parecía ser un viejo
bar de época.
Un grupo de irlandeses que no hicieron más que tomar jarras y jarras de cerveza, se
quejaban de que sólo se tocaba blues en el bar mohoso, todo de madera y con
sillas altas. Cada tanto, cuando el pianista paraba para tomar un trago de lo
que sin dudas era whiskey, los irlandeses aprovechaban la ocasión y entonaban
viejas canciones de la isla ya olvidada por los años de borracheras y los
viajes a ningún lugar.
Unos ingleses hacían
alarde de sus habilidades para tomar sin fondo alcohol y bajaban una botella de
ginebra pura, con un poquitito de limón. Todas eran lenguas de otros países, en
ése bar oscuro, casi sin luz, librado al azar de un camino a cualquier parte de
aquel país nuevo, del continente africano.
Y allá estaba ella, contra el rincón, de lo que parecía ser un viejo bar
de época. Fumando su cigarrillo. La señorita mirando de reojo todo lo que el
humo la dejaba ver.
En el cuello, se
veía un collar plateado que brillaba cada vez que ella movía su cuello para
negarle la atención a los cientos de caballeros que con cualquier tipo de
excusa se le acercaban a conversar. ¡Basta! Ella fumaba, contra el rincón del
bar. Me acuerdo. Estaba ahí…
No sabía el
nombre, tampoco me importaba. Yo quería tomar un poco más de cerveza. Estaba
harto de estar en ése condenado país, tan remoto, tan hostil. Luchando entre el
mundo viejo y el mundo nuevo. Me quería ir. ¿Qué carajo hago yo, un
argentino, en éste país de
morondanga? Me acuerdo pensar mientras terminaba el trago de la cerveza ya
caliente.
Pensé en los
bares o en esas fiestas que describe Fitzgerald y me convencí de que todo era
una misma cosa: Estados Unidos, África, Inglaterra. Todos unos ineptos con algo
de ego y mucho alcohol para desgraciarse todavía un poco más. Me tembló el
pulso de la bronca. Apoyé el vaso y vi que la señorita del vestido amarillo
había salido por la puerta del bar… “¿A dónde carajo sale sola y a esta hora?”
pensé. Tropezándome contra la gente
estúpida que estaba en el bar haciendo tiempo y tomando cerveza, corrí hacia la
puerta. La vi, con los brazos cruzados y de espaldas a la puerta.
Le grité: “Ey…”
Se dio vuelta y noté que estaba llorando.
Tenía ojos verdes (o eso quise creer yo). No sabía en qué idioma hablarle así que me
limité sólo a mirarla fijo y sin correrle la mirada. Debe de haberse sentido
muy inhibida porque no hizo más que venir hacia donde estaba yo parado para abrazarme.
Como la puerta estaba abierta, se escuchaba todavía los ecos del piano y las
voces borrachas del bar.
Me dijo un tímido
“Thank you…” y se puso a bailar al ritmo de la música. Desconcertado la abracé.
No entendía lo que estaba pasando, pero el olor a su perfume me tranquilizó.
Bailamos entre el ruido de los grillos, la música del piano y el grito de los
borrachos confundidos entre las risas. Le dije que me decían Fausto y no me
respondió. Le comenté que me gustaba el blues y se rió.
A los pocos minutos
pasó un auto que frenó a unos pocos metros de la puerta del bar. Era amarillo,
como el vestido de ella, con ruedas grandes y lujosas. El techo negro y los vidrios oscurecidos.
Ella me besó en la mejilla, repitió las únicas dos palabras que me dijo aquella
noche y se fue.
Yo me quedé con ganas
de emborracharme aún más. Volví al bar. Pedí whiskey en vez de cerveza. Escuché un poco la música mientras me apoyaba
contra la cola del piano hasta que entendí que un grupo de personas se reían de
mí por cómo cantaba las canciones junto
al pianista, mientras movía los brazos y el whiskey se caía mojando todo el
piso. Comprendí que estaba borracho y caminé hasta casa por las calles de un
pueblo asqueroso y lleno de tierra.
lunes, 10 de febrero de 2014
Sobre el Tango y otros menesteres...
Alguien le dice al Tango
Porque escribir se debe a la Libertad y a la Libertad, nosotros, no le debemos nada. Les cuento lo que está pasando: desde hace tiempo pienso que escribir me cuesta más de lo que en un principio sospeché.
Cuestiono cada una de mis palabras. Claro, si hacemos un análisis en extremo rigor, puede decirse que siempre fui fiel a mis palabras y me que por eso me cuesta escribir. Pero eso son sólo ñoñerías que tengo que superar. La razón, creo, está en otra parte.
La libertad, la búsqueda insaciable de sentido, el impulso de supervivencia... ¿Qué los hay en todos lados? Si, en todos lados. El mundo dejó de ser un pañuelo, para convertirse nuevamente en un mundo. Y es menester que lo admita: extraño esa facilidad que tenía para moverme de lado a lado. Pero, Dios... que inconsistencia. Que delicado los momentos. Ayer recordaba algo que le dije a alguien a la hora de renunciar allí en Dubái: “Si me conformo con todo lo que conseguí acá, entonces, no voy a tener más nada para buscar en la vida...” Lo dije, como quien dice... “ la basura se saca todos los días a las 21.00 hs”, sin el menor resto de importancia. Ayer, por casualidad o simplemente por el aburrimiento, lo recordé. Todo ello, en el marco de una vuelta fatigosa, de una jornada bastante calurosa y unas ganas demoledoras de tocar guitarra... bah, blues.
Sentado, como estaba, en el asiento del colectivo, la frase tomó sentido: nómade por convicción y carente de cualquier cosa que requiera de mi dedicación absoluta, me dedico a aprender lo máximo que puedo sobre el Tango y el Blues. No crean que fueron arbitrarias ambas decisiones, no claro que no. El día que crea estar preparado para hacer una y la otra, saldré al mundo una vez más y esta vez, en completa libertad.
A falta de una cosa, se suma otra: la Libertad. Esa expresión pura y sin mueca, del momento mismo y de la sensación inefable. ¿Lo demás? Lo demás puede que tengan más practicidad, pero yo no nací para ser práctico. Anduve de acá para allá, sólo para descubrir que el mundo me genera la misma desazón que le genera a todos y que los lugares espectaculares, son espectaculares sólo cuando hay gente espectacular con quien compartirlo.
Entendí que las letras, los idiomas, valen nada. Mucho más cuando uno sólo habla con egos e intenciones rebuscadas, esta afirmación es extensible a cualquier acento extranjero. ¿El dinero? Esa cosa sencilla, rectangular y con números, no es un objetivo, ni un fin para mí ni los míos. Y por último, comprendí que el conocimiento sólo es fuente de amarguras y las amarguras, fuente de Blues.
Será que tendré que hacer la gran “Robert Johnson” y emigrar “from the land of Californa to my sweet home Chicago”. Es lindo saber que el Tango es poesía cruel que arde como hiel. Me encanta saber que viene de la partícula misma del macho y se encierra en la Ciudad más linda de todos mis continentes: Mi Buenos Aires querido... Tango y Blues, son una misma cosa, con una misma esencia. Da lástima que la gente no lo vea.
Los zapatos todavía no se gastaron y siempre me pregunté de qué color serían esos que iban a gastarse. Me quedan las botas y me sobra un par de cuerdas. Ahora que estoy más tranquilo, la guitarra está más tranquila.
Los días son míos, las melodías de todos.
¡Gracias por presentarte, barrio tango! Gracias por presentarte, chica de zapatos tangueros y con tacos altos: haces del tango una emoción y de la emoción, todos los tangos. Gracias por dejarte ver, Manzi. Gracias por las milongas, por los ruidos de violín, los de guitarra, los del piso de madera.
Sé que estoy lejos de hacer algo que valga la pena, y la pena que siento, es porque nada vale: sin embargo, prometo intentar y poner todo lo que esté a mi alcance para que juntos hagamos una canción: Barrio Tango.
Salud.
domingo, 5 de enero de 2014
2014, y la Fantasía.
Me toca escribir aquí, en el trabajo. No puedo precisar la cantidad de veces que empecé a escribir éste "Nuevo Post" y terminé por borrarlo completamente. Quizá porque las letras no se dan al ejercicio de la inspiración o porque la inspiración no se da al ejercicio de la literatura. Lo cierto es que no se puede escribir prescindiendo del uso de las letras y por más obvia que resulte la aclaración, creo que me di a la tonta tarea de querer hacerlo.
Pero pasó un año viejo y llegó uno nuevo. Con un montón de cosas para comentar al respecto, entre el kaos mismo que supone la realidad. Hoy, por ejemplo, estoy escribiendo desde muy temprano a la mañana –cosa completamente inusual. Ésa es un poco mi rutina ahora: levantarme bien temprano y salir ni bien despunta el alba a tomarme el colectivo. Leer algo en el viaje. Descansar. Pensar.
La manera en la que se forman mis ideas, no dejan de tener ese mismo tinte delirante que tuvieron siempre. Con la salvedad, si se quiere, de que hoy trato de pensar mejor. Llegué a la necia obligación de no querer necesitar nada. Estoy resentido y me niego a aceptar cualquier elemento dentro de la categoría de lo que se consideran "útil" y lo mismo me pasa con seguir cualquier obligación, tomar responsabilidades o aceptar algún compromiso. Sin embargo, ¡vean ustedes qué curioso! estoy bastante más disciplinado y haciendo uso responsable de mi tiempo.
La ecuación, creo, es bien simple: no tomo nada prestado y trato de no apresurar -en nada- mi tiempo. Sé a qué hora me tengo que levantar para llegar a mi trabajo. Sé cuántas horas voy a trabajar por día y con qué intensidad. Por la tarde, llego a mi casa. Riego mis plantas y toco mi guitarra. En los ratos que viajo, leo a más no poder. Y cuando siento que se me hace difícil leer porque el cansancio se va acumulando, entonces, ahí sí: cierro los ojos y simplemente pienso.
Pensar es una de mis actividades favoritas. Y admito que cada año se vuelve más entretenido. Hoy llegué a la absurda conclusión de que la imaginación sólo se ve motivada por aquella imagen que se produce por el significante , valor intrínseco que se le da a las palabras. (Se ve que con los años, uno se simplifica y se detiene en las cosas más pequeñas). Me alegró de sobremanera saber que esa obsesión por las palabras -que siempre acusé tener- viene de lo más elemental: el amor por la Fantasía.
Por ello, pienso yo, tomarle la mano a alguien para sólo pasar el rato es igual de entretenido y tiene el mismo valor que tocar la guitarra o que escalar un árbol. Porque sólo el riel que sigue el tren de la fantasía es el que, en definitiva, le dará algún valor a alguna experiencia que alguna vez hayamos decidido tener en algún momento de nuestras fantasiosas y ridículas vidas; llena de significantes y significados.
Yo opté siempre por vivir haciendo lo que se me canta, cuando se me canta y como se me cantó. Admito que metí a muchísimas personas en mis delirios y varias veces metí la pata y terminé haciéndoles mal. También, estimo, habrá quienes se divirtieron con mis locuras y estarán aquellos que, en una de esas, hasta las disfrutaron conmigo. Mi promesa para este año: ser enteramente responsables de mis actos y enfrentar la realidad sólo conmigo.
Empezó un nuevo año y yo estuve sin escribir por más de un mes. Borrando y re-escribiendo un sinfín de fantasías que siempre me llevan a lo mismo: seguir adelante.
¡Éste Año arrancó con todo! Yo estoy más tranquilo porque me preocupo menos. Controlo menos las cosas y me esfuerzo lo mínimo. Trato de aplicar la dedicación justa a cada una de mis las obligaciones o vicisitudes que pone la vida. Mucho más me contenta el hecho de saber que la felicidad, está entregada a un pequeño espacio que no ocupa mayor importancia que el Vivir en sí mismo y con ello, apunto a seguir adelante con mis objetivos que son bien personales.
¡Feliz 2014 para todos! Yo sé que lo voy a disfrutar como nunca y espero que ustedes, amigos, lectores, compañeros, perdidos en la red, puedan disfrutarlo también.
Amadeus,
Amadeus,
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