viernes, 8 de agosto de 2014

De nosotros y la Poesía






Not dark yet, but is gettin' there. 

De pronto nos convertimos en poesía si, vos y yo. Dos palabras con algo de rima que vienen sonando como las canciones con gusto a viejo que canta Bob Dylan. ¡Ah, que vengan los néofitos lectores a decirnos cuáles son las palabras correctas, la rima perfecta! ¿Te acordás de la poesía, ésa que escribíamos vos y yo?  ¡Poesía!
De las rimas, no nos quedan letras… La noche, la cerveza, los relojes con el tic tac, tic tac, tic tac… ¡qué fuerte que suenan! ¿Te acordás de Roma, de la noche interminable con las botellas de alcohol que se tiraban por los aires ? ¡Todo era botellas vacías!

¡Eid Mubarak! Y todas sus funestas ramificaciones, el desierto inagotable y la noche eterna. ¡Nosotros éramos poesía! Y ahora, espero palabras tuyas todo el tiempo. Un día me levanté y vi una cosa escrita cerca de donde yo suelo tipear las miles de incongruencias que a diario borro y re-escribo: “estoy preocupada”. ¿Qué es lo que te preocupa?  ¿Yo te preocupo?

No, no. Eso no es preocupar. Es el instinto primario que te hace sentir una suerte de culpa estúpida que no nos lleva nada. Bueno, algo nos trajo: palabras. Rimas. ¡Poesía!  Somos canciones viejas, fotos olvidadas, sonrisas falsas de poses interminables y algo de tomas perfectas.  Somos la basura nueva, del mundo estúpido y ridículo en el que vivimos. Somos la ira de los amantes, los acordes do, la menor, re y sol. Un repetir constantes de berretas canciones que hablan de calles oscuras, noches interminables y la lluvia. Siempre tiene que estar la lluvia. Las canciones sin fin y nosotros que éramos poesía…. Éramos, ya no lo somos más.

Yo soy la versión pseudo psicótica de la absurda liviandad del ser. Vos sos algo nuevo, algo viejo y algo prestado. Me imagino con tus vestidos amarillos y púrpuras, con zapatos de cientos de colores porque todo era zapatos para vos… y la poesía. La poesía quedó relegada a las viejas canciones o a las anécdotas de los sábados por la noche para compartir con el amor de tu vida y las amigas con siliconas. Porque hoy, todos tenemos algo de silicona en nuestra cabezas o entre nuestros amigos. ¿Tan plásticos somos? Sí, pareciera que sí.

El viejo discurso y la vocación en las palabras. Las palabras y los escuetos discursos de una ex novia que me acusa de haberle generado un fanatismo ridículo con las palabras que, al parecer, ninguno de sus compañeros logra comprender. Yo no soy un fanático, pero sí un simplista. Lo que significa es, lo que es, significa. Así entiendo yo las cosas. Porque no soy de lo más inteligente.

¿Entonces? ¿Por qué nos aturdimos tanto en la poesía? Tal vez fue ése día de lluvia en el desierto que me enamoré. Me acuerdo pensar que sí algo tan increíble como es el  agua, podía inundar el desierto, entonces yo podía perfectamente enamorarme y ser una persona mayor, madura y constante. Pero no tuvimos en cuenta la poesía, las de Béquer, las de Shakespeare. Las que hablan de las noches oscuras y sin luna, en donde el desierto es sólo el páramo desolado y los amores de verano, sólo un recuerdo fugaz y adolescente.  La poesía es la rima que no convoca, la significación del sin sentido en versión de metáfora y tal vez, en la actualidad, el recuerdo de una época pasada.

No creas que mis antiguas borracheras lograron olvidar el olor que tenía tu pelo o el color de tus ojos. No hay viento suficientemente fuerte como para llevarse tantos recuerdos. No. El espacio de mi cama será muy chiquito pero, la verdad, todavía cabemos los dos juntos y apretados.

Pero algo me dice que es hora de madurar, de crecer. De ser más parecido a los amigos que tienen siliconas y los que se afeitan las patillas. Quizá, sea hora de tomar el té a las cinco de la tarde y comer masitas dulces entre charlas cortas y entretenidas. Puede que mejor sea dejar a Plotino para otros asados, y dejar el Homenaje a Zeus, como una contemplación netamente personal, sin incluir a otros.  Mejor aún será cerrar esa puerta que lleva a  la gente a  decirse cosas o decir de más y no hablar con nadie de nada. Mejor escuchar los violines con las mandolinas sonar juntas y al unísono. Creerse Mozart por un rato, mientras un libro de Bórges con Bioy Casares, se comparte entre amigos imaginarios y charlas con diccionarios. Mejor, buscar el significado de la palabra “Amor” o “Verdad” o “Preocupar” en el diccionario de la Real Academia Española. Escuchar Blues hoy es un “must” como dirían mis foráneos contemporáneos. Esos, los que se jactan de ser tan educados y prolijos.  Pero vivir el Blues hoy que nadie entiende de nada, ¡no gracias!. El juego del teléfono descompuesto y pensar que uno tiene que preocuparse, no es mi juego… es tu juego. Y yo no lo voy a jugar.

Hoy estoy más cerca de la ira. Sí, con vos. Porque me ponés en el lugar del “que sufre” y yo no sufro, vivo. Mal, porque no soy un hombre inteligente en éstas cosas, menos en materias del querer… pero al menos vivo, siento y digo lo que se me antoja en el corazón porque lo creo verdadero. Porque siento que ahí está el verdadero significado de la poesía, no en las rimas consonánticas o de vocales abiertas.

Yo no soy poesía… y quizás, nosotros, nunca lo fuimos tampoco.



Amadeus, 

martes, 29 de julio de 2014

Carta a vos.





Me propongo escribir, o tal vez escribirte, así. Sin mentiras. Sin triunfos, sin palabras dulces, ni consuelos de sábado por la noche. Te escribo por acá, porque de otra forma no podría hacerlo.  Te escribo, porque ya no me acuerdo cuándo fue la última vez que escribí algo. No creo que esto valga la pena ser leído. Tampoco creo que lo leas. Pero que al menos, quede como evidencia que te escribí.
Además, sé que sabes que ya lo sé. Sí, bueno, noticias de ése tipo son difíciles de ocultar incluso para aquel que no quiere enterarse.

Ya no sé escribir en español. A veces, pienso en inglés, a veces, en italiano. Suena la música y un montón de palabras vienen. No me puedo concentrar. ¡Uf, si supieras los problemas que tengo para concentrarme! ¿Cuándo fue la última vez que estuve concentrado en algo? Ya no me acuerdo.

Hoy, por suerte, estoy recibido de “Inútil bueno para nada” y con “Honoris Causa”. Te agradezco el apoyo porque, en parte, es gracias a vos que llegué a ser tan poco. Pero ojo, lejos estoy de echar culpas. Ya no es mi estilo. Esto, lo armé yo solito.

¿Qué son las palabras sino un montón de nada? ¿Poesías? No, no quiero escribir eso. Cartas, ya ni me acuerdo como arrancaban. Quedan los e-mails, pero de esos me desligué  hace tiempo. Me despierto, veo mi casilla de e-mail a la espera de alguna cosa que me dé algo de sentido o un atisbo de esperanzas. ¿Quién soy yo? Nadie. ¿Qué se puede esperar de nadie? Nada.

Me puse aquel  “soundtrack” que habla tanto vos, ése, el italiano. El que tiene la mandolina. ¡Si la vieras a Beatriz, pobrecita, ahí recostada! Me vienen tantas palabras, tanto dolor ahí adentro, tanto orgullo.  Me vienen como cosquillas, que bordean la bronca, la ira, lo imposible, las ganas, las sensaciones, las miles de palabras que nos dijimos, los momentos olvidados, los que no se pueden olvidar, las comas y sus respectivos puntos seguidos, los puntos y aparte, las decisiones bien tomadas, las malas, las actitudes ridículas, los acentos foráneos, la miscelánea idea de que las cosas pasan, los días de invierno en el verano eterno… todo. Me viene todo. Y en el estómago, todavía está el nudo que aprieta y no me deja llorar. ¿Por qué no puedo llorar?

Algunas veces, me ocurre que estoy hablando de mis guitarras y, acto seguido, un montón de lágrimas me vienen. Lo mismo cuando menciono a la música. De vos, ya no hablo más. Tuve un tiempo, hasta hace relativamente poco, donde no hacía otra cosa más que pensarte y hablarte. Tenía tus fotos, al lado de la Ilíada, me servían para empezar bien el día. Me daban esperanzas. Hoy trato de no hacerlo, me digo: “Amadeus, más vale te olvidés, porque ya te olvidaron a vos”. Y escondí las fotos adentro de un libro que no puedo recordar.   Ya no tengo los amigos, los emails, los días contados, las horas eternas, el calor del verano, el agua de la pileta (o piscina como dirías vos), no me quedan más “tu”, ni me sobran palabras de amor.  Ya no siento nada por nada, ni por nadie. Se me fueron los dedos, los dolores, los sueños, el insomnio, las ganas de estudiar mandolina, la flauta china, los vuelos interminables, los que terminaban rápido, las horas de rock, las tardes de Blues, el fernet, la buona cucina, ti manchi un sacco, etc. (Perdón, me interrumpieron, pero no te preocupes, la música no terminó aún).

Hay que buscar la definición y lo leo a Plotino que habla tan altanero sobre lo que es el Deber y lo que es el Camino de la Virtud. La leyenda dice que un día Plotino encontró a su discípulo y copista, muy deprimido y al borde del suicidio; conmovido, Plotino, le dictó el Tratado 1.9, en donde aclara que sólo aquel que se dedique a mejorar en virtud, gozará mínimamente, de la felicidad. Yo no sirvo para nada y me cuesta creer que alguna vez serví en algo. Soy bi-polar, inconstante, hostil, impaciente, carezco de método, soy altanero, a veces peco de megalómano, no hablo muy bien, me cuesta pensar, me doy a los vicios (ya no tanto como antes) y hoy en día, creo que me convertí en un insensible puro. Ya no me acuerdo lo que era reír a carcajadas o disfrutar de una borrachera. No me acuerdo el placer que me producía tocar Blues o lo que me hacía tomar Whisky. No me acuerdo lo que es el amor en pareja, porque hace más de un año que dejé a mi pareja allá, en otras tierras… y desde entonces, aquí me ves, yendo de un lado para el otro. Pero a vos no te importa nada de eso. Ya sabés más de la mitad de mi historia.

Vos viste muchas cosas en mí, las buenas y las malas. Nunca me viste a mí. Sentado, desesperado, con la guitarra pensando qué decir para hacerte feliz, qué hacer para verte reír, qué cocinarte para enamorarte. No entendías esas cosas… o tal vez sí. Nunca salíamos de mi cuarto, nunca íbamos a ningún lado. Nunca estuve tranquilo. Nunca me sentí cómodo. Siempre yo, con mi complejo de tan poca cosa y la Mandolina, la Mandolina ahí, tirada en mi cuarto. Da pena.

¿Qué importa si me enteré o no? Creo que querías que me enterara, y te felicito por no haberlo hecho antes. ¿Responderte? ¿Algo? No, si ya no podía pensar del dolor que me causaba el estar tan lejos. “No se puede comer del amor” me dijiste una vez. Tenías razón.

Estoy convencido, hoy, que en mi vida hice todo mal. Nunca estudié nada. Nunca busqué nada de nadie. Nunca me sentí completamente satisfecho con nada de lo que me ofrecieron y/o conseguí. Siempre, buscando, desconfiado, ansioso y a la espera de ésa casualidad que me llevara a lo inefable: al Nirvana. Al éxtasis mismo que produce la música. ¡Qué tonto que fui! Si yo no sirvo para nada y menos para eso.

Tenías razón cuando me decías que no podía depender enteramente de vos (¿Te das cuenta lo patético de ésta carta?). Nunca debí de haber bajado esa noche, después de la Navidad, anunciándote que ya me iba. Nunca. Aunque merecías ser recompensada por los daños y prejuicios. ¿Tan destructivo puedo ser? Aparentemente sí. Hoy no siento nada. No me duele el hambre, no siento el frío, no me enojo, no me emociono, no me río… sólo y en contadas ocasiones, lloro pero nada más cuando de hablo de la guitarra. No extraño mi vida vieja, no reniego de la nueva, no me interesa levantarme a las mañana o por las tardes. No me inquieta  doblar o seguir derecho. Camino si tengo tiempo, fumo sin tengo tabaco.  A veces juego al ajedrez solo, mientras escucho algún disco de Blues de la década del 30 o 40. Y pienso lo lejos que nací, lo inservible de mis actos, lo innecesario de todo esto. Pienso que Dios se confundió conmigo. Consulto, leo, veo y duermo.

Ya es lo mismo un día, que una semana, dos días a diez horas. A veces,  la gente me viene a hablar( porque hoy en día no hacemos más que hablar de nosotros y hablar de nosotros con otros) yo me aburro y me quedo callado. Lo hago apropósito, porque ya no me interesa hablar tanto y menos, hablar por hablar. Espero. Espero a que ellos me hablen y si no me hablan, entonces, tomo mi guitarra y me pongo a tocar o si no la tengo conmigo, invento alguna excusa y me voy. O me siento en una plaza y si hace un poco de fresco, me gusta recostarme en algún banco y dormir. Algunas veces, es sólo por unos minutos. Pero me gusta esa cosa que siento ni bien me despierto de la siesta en dónde no sé bien quién soy, dónde estoy, etc.

Pero a vos ya no te importa nada de estas cosas. Se me da por pensar, porque así somos los obsesivos compulsivos, que te alegra verme así. Que subís fotos para que yo las vea o me entere. Me gusta sentir que todavía esperas un e-mail mío, aunque sé que ya no los esperas para nada. No creo que hayas sido el Amor de Mi Vida, pero si mi Gran Amor. Yo hubiera dejado el cielo, la luna, las estrellas, las guitarras, el trabajo pesado, las flores en la primavera, los amigos, la familia, los días azules y naranjas, las hojas del otoño en Buenos Aires, los besos dulces de miles de diferentes nacionalidades, las postales, las obras de teatro, el Blues, las canciones en español, las mandolinas y las canciones italianas, Roma, todo, todo lo hubiera dejado sí eso hubiera bastado para hacerte feliz.

Hoy, no te tengo a vos, ni tengo nada. Cuando me da mucho sueño, o cuando me duermo que para el caso es lo mismo, porque a veces duermo por dormir, sueño que compro una nueva guitarra y que le doy por nombre: Eureka.  Es lo único que me da alguna esperanza. Después, veo a las otras, a Irene, por ejemplo y me siento a tocar. Repito las mismas canciones de siempre, las que me gustaba cantarte a vos y cuando ya no soporto el dolor (porque tengo que admitirte que me duelen muchísimo tus canciones), entonces paso al Blues y muy amargo y con tono enojado, toco por horas y horas la guitarra. Toco hasta que se me acalambran los dedos o hasta que me duela el antebrazo.


Hoy preferiría no vivir.  Pero las guitarras están ahí, solas y me dicen: Amadeus, Amadeus, no me dejes. Ya dejé todo en mi vida. Dejé las comodidades, dejé a mis amigos, dejé a mi familia, dejé mi trabajo y te dejé a vos.  Es importante no dejar las guitarras colgadas, por más ganas que me den a veces de dejarlo todo y apagar la luz. 


Amadeus, 


jueves, 20 de febrero de 2014

La señorita del vestido amarillo (cuento corto)



Busquemos otra vez, ese cuento de la señorita de color que fumaba en la esquina de lo que parecía ser un bar de época. Sí, yo la vi bien, confundida con un vestido amarillo, el pelo corto, fumando contra el rincón de lo que parecía ser un bar de época. El piso de madera, con sillas altas y mucha gente. No se veía nada por el humo de los cigarrillos, no de los que fumaba ella contra el rincón de lo que parecía ser un bar de época, sino de los que fumaban todos los otros. Había un montón de personas.

Uno estaba contra el piano, con el brazo apoyado en la cola del instrumento y medio borracho, mientras que tres atrás le festejaban aplaudiendo la mímica que hacía cada vez que escuchaba al pianista entonar alguna canción en lo que parecía ser un viejo bar de época.

Un grupo de irlandeses que no hicieron más que tomar jarras y jarras de cerveza, se quejaban de que sólo se tocaba blues en el bar mohoso, todo de madera y con sillas altas. Cada tanto, cuando el pianista paraba para tomar un trago de lo que sin dudas era whiskey, los irlandeses aprovechaban la ocasión y entonaban viejas canciones de la isla ya olvidada por los años de borracheras y los viajes a ningún lugar.

Unos ingleses hacían alarde de sus habilidades para tomar sin fondo alcohol y bajaban una botella de ginebra pura, con un poquitito de limón. Todas eran lenguas de otros países, en ése bar oscuro, casi sin luz, librado al azar de un camino a cualquier parte de aquel país nuevo, del continente africano.  Y allá estaba ella, contra el rincón, de lo que parecía ser un viejo bar de época. Fumando su cigarrillo. La señorita mirando de reojo todo lo que el humo la dejaba ver.

En el cuello, se veía un collar plateado que brillaba cada vez que ella movía su cuello para negarle la atención a los cientos de caballeros que con cualquier tipo de excusa se le acercaban a conversar. ¡Basta! Ella fumaba, contra el rincón del bar. Me acuerdo. Estaba ahí…

No sabía el nombre, tampoco me importaba. Yo quería tomar un poco más de cerveza. Estaba harto de estar en ése condenado país, tan remoto, tan hostil. Luchando entre el mundo viejo y el mundo nuevo. Me quería ir. ¿Qué carajo hago yo, un argentino, en éste país de morondanga? Me acuerdo pensar mientras terminaba el trago de la cerveza ya caliente.

Pensé en los bares o en esas fiestas que describe Fitzgerald y me convencí de que todo era una misma cosa: Estados Unidos, África, Inglaterra. Todos unos ineptos con algo de ego y mucho alcohol para desgraciarse todavía un poco más. Me tembló el pulso de la bronca. Apoyé el vaso y vi que la señorita del vestido amarillo había salido por la puerta del bar… “¿A dónde carajo sale sola y a esta hora?” pensé.  Tropezándome contra la gente estúpida que estaba en el bar haciendo tiempo y tomando cerveza, corrí hacia la puerta. La vi, con los brazos cruzados y de espaldas a la puerta.

Le grité: “Ey…” Se dio vuelta y noté que estaba llorando.  Tenía ojos verdes (o eso quise creer yo).  No sabía en qué idioma hablarle así que me limité sólo a mirarla fijo y sin correrle la mirada. Debe de haberse sentido muy inhibida porque no hizo más que venir hacia donde estaba yo parado para abrazarme. Como la puerta estaba abierta, se escuchaba todavía los ecos del piano y las voces borrachas del bar.
Me dijo un tímido “Thank you…” y se puso a bailar al ritmo de la música. Desconcertado la abracé. No entendía lo que estaba pasando, pero el olor a su perfume me tranquilizó. Bailamos entre el ruido de los grillos, la música del piano y el grito de los borrachos confundidos entre las risas.  Le dije que me decían Fausto y no me respondió. Le comenté que me gustaba el blues y se rió.  

A los pocos minutos pasó un auto que frenó a unos pocos metros de la puerta del bar. Era amarillo, como el vestido de ella, con ruedas grandes y lujosas.  El techo negro y los vidrios oscurecidos. Ella me besó en la mejilla, repitió las únicas dos palabras que me dijo aquella noche y se fue.


Yo me quedé con ganas de emborracharme aún más. Volví al bar. Pedí whiskey en vez de cerveza.  Escuché un poco la música mientras me apoyaba contra la cola del piano hasta que entendí que un grupo de personas se reían de mí  por cómo cantaba las canciones junto al pianista, mientras movía los brazos y el whiskey se caía mojando todo el piso. Comprendí que estaba borracho y caminé hasta casa por las calles de un pueblo asqueroso  y lleno de tierra. 

lunes, 10 de febrero de 2014

Sobre el Tango y otros menesteres...

Alguien le dice al Tango

Porque escribir se debe a la Libertad y a la Libertad, nosotros, no le debemos nada. Les cuento lo que está pasando: desde hace tiempo pienso que escribir me cuesta más de lo que en un principio sospeché.

Cuestiono cada una de mis palabras. Claro, si hacemos un análisis en extremo rigor, puede decirse que siempre fui fiel a mis palabras y me que por eso me cuesta escribir. Pero eso son sólo ñoñerías que tengo que superar. La razón, creo, está en otra parte.

La libertad, la búsqueda insaciable de sentido, el impulso de supervivencia... ¿Qué los hay en todos lados? Si, en todos lados. El mundo dejó de ser un pañuelo, para convertirse nuevamente en un mundo. Y es menester que lo admita: extraño esa facilidad que tenía para moverme de lado a lado. Pero, Dios... que inconsistencia. Que delicado los momentos. Ayer recordaba algo que le dije a alguien a la hora de renunciar allí en Dubái: “Si me conformo con todo lo que conseguí acá, entonces, no voy a tener más nada para buscar en la vida...” Lo dije, como quien dice... “ la basura se saca todos los días a las 21.00 hs”, sin  el menor resto de importancia. Ayer, por casualidad o simplemente por el aburrimiento, lo recordé. Todo ello, en el marco de una vuelta fatigosa, de una jornada bastante calurosa y unas ganas demoledoras de tocar guitarra... bah, blues.

Sentado, como estaba, en el asiento del colectivo, la frase tomó sentido: nómade por convicción  y carente de cualquier cosa que requiera de mi dedicación absoluta, me dedico a aprender lo máximo que puedo sobre el Tango y el Blues. No crean que fueron arbitrarias ambas decisiones, no claro que no. El día que crea estar preparado para hacer una y la otra, saldré al mundo una vez más y esta vez, en completa libertad.

A falta de una cosa, se suma otra: la Libertad. Esa expresión pura y sin mueca, del momento mismo y de la sensación inefable. ¿Lo demás? Lo demás puede que tengan más practicidad, pero yo no nací para ser práctico. Anduve de acá para allá, sólo para descubrir que el mundo me genera la misma desazón que le genera a todos y que los lugares espectaculares, son espectaculares sólo cuando hay gente espectacular con quien compartirlo.

Entendí que las letras, los idiomas, valen nada. Mucho más cuando uno sólo habla con egos e intenciones rebuscadas, esta afirmación es extensible a cualquier acento extranjero. ¿El dinero? Esa cosa sencilla, rectangular y con números, no es un objetivo, ni un fin para mí ni los míos. Y por último, comprendí que el conocimiento sólo es fuente de amarguras y las amarguras, fuente de Blues.


Será que tendré que hacer la gran “Robert Johnson” y emigrar “from the land of Californa to my sweet home Chicago”. Es lindo saber que el Tango es poesía cruel que arde como hiel. Me encanta saber que viene de la partícula misma del macho y se encierra en la Ciudad más linda de todos mis continentes: Mi Buenos Aires querido... Tango y Blues, son una misma cosa, con una misma esencia. Da lástima que la gente no lo vea.

Los zapatos todavía no se gastaron y siempre me pregunté de qué color serían esos que iban a gastarse. Me quedan las botas y me sobra un par de cuerdas. Ahora que estoy más tranquilo, la guitarra está más tranquila.

Los días son míos, las melodías de todos.

¡Gracias por presentarte, barrio tango! Gracias por presentarte, chica de zapatos tangueros  y con tacos altos: haces del tango una emoción y de la emoción, todos los tangos. Gracias por dejarte ver, Manzi. Gracias por las milongas, por los ruidos de violín, los de guitarra, los del piso de madera.


Sé que estoy lejos de hacer algo que valga la pena, y la pena que siento, es porque nada vale: sin embargo, prometo intentar y poner todo lo que esté a mi alcance para que juntos hagamos una canción: Barrio Tango.


Salud. 

domingo, 5 de enero de 2014

2014, y la Fantasía.


Me toca escribir aquí, en el trabajo. No puedo precisar la cantidad de veces que empecé a escribir éste "Nuevo Post" y terminé por borrarlo completamente. Quizá porque las letras no se dan al ejercicio de la inspiración o porque la inspiración no se da al ejercicio de la literatura. Lo cierto es que no se puede escribir prescindiendo del uso de  las letras y por más obvia que resulte la aclaración, creo que me di a la tonta tarea de querer hacerlo.

Pero pasó un año viejo y llegó uno nuevo. Con un montón de cosas para comentar al respecto, entre el kaos mismo que supone la realidad. Hoy, por ejemplo, estoy escribiendo desde muy temprano a la mañana –cosa completamente inusual. Ésa es un poco mi rutina ahora: levantarme bien temprano y salir ni bien despunta el alba a tomarme el colectivo. Leer algo en el viaje. Descansar. Pensar.

La manera en la que se forman mis ideas, no dejan de tener ese mismo tinte delirante que tuvieron siempre.  Con la salvedad, si se quiere, de que hoy trato de pensar mejor. Llegué a la necia obligación de no querer necesitar nada. Estoy resentido y me niego a aceptar  cualquier elemento dentro de la categoría de lo que se consideran "útil" y lo mismo me pasa con seguir cualquier obligación, tomar responsabilidades o aceptar algún compromiso. Sin embargo, ¡vean ustedes qué curioso! estoy bastante más disciplinado y haciendo uso responsable de mi tiempo.

La ecuación, creo, es bien simple: no tomo nada prestado y trato de no apresurar -en nada- mi tiempo. Sé a qué hora me tengo que levantar para llegar a mi trabajo. Sé cuántas horas voy a trabajar por día y con qué intensidad. Por la tarde, llego a mi casa. Riego mis plantas y toco mi guitarra. En los ratos que viajo, leo a más no poder. Y cuando siento que se me hace difícil leer porque el cansancio se va acumulando, entonces, ahí sí: cierro los ojos y simplemente pienso.

Pensar es una de mis actividades favoritas. Y admito que cada año se vuelve más entretenido. Hoy llegué a la absurda conclusión de que la imaginación sólo se ve motivada  por aquella imagen que se produce por el significante , valor intrínseco que se le da a las  palabras. (Se ve que con los años, uno se  simplifica y se detiene en las cosas más pequeñas). Me alegró de sobremanera saber que esa obsesión por las palabras -que siempre acusé tener-  viene de lo más elemental: el amor por la Fantasía.

Por ello, pienso yo,  tomarle la mano a alguien para sólo pasar el rato es igual de entretenido y tiene el mismo valor que tocar la guitarra o que escalar un árbol. Porque sólo el riel que sigue el tren de la fantasía es el que, en definitiva, le dará algún valor a alguna experiencia que alguna vez hayamos decidido tener en algún momento de nuestras fantasiosas y ridículas vidas; llena de significantes y significados.  

Yo opté siempre por vivir haciendo lo que se me canta, cuando se me canta y como se me cantó. Admito que metí a muchísimas personas en mis delirios y varias veces metí la pata y terminé haciéndoles mal. También, estimo, habrá quienes se divirtieron con mis locuras y estarán aquellos que, en una de esas, hasta las disfrutaron conmigo.  Mi promesa para este año: ser enteramente responsables de mis actos y enfrentar la realidad sólo conmigo.

Empezó un nuevo año y yo estuve sin escribir por más de un mes. Borrando y re-escribiendo un sinfín de fantasías que siempre me llevan a lo mismo: seguir adelante.

¡Éste Año arrancó con todo! Yo estoy más tranquilo porque me preocupo menos. Controlo menos las cosas y me esfuerzo lo mínimo. Trato de aplicar la dedicación justa a cada una de mis las obligaciones o vicisitudes que pone la vida. Mucho más me contenta el hecho de saber que la felicidad, está entregada a un pequeño espacio que no ocupa mayor importancia que el Vivir en sí mismo y con ello, apunto a seguir adelante con mis objetivos que son bien personales.

¡Feliz 2014 para todos! Yo sé que lo voy a disfrutar como nunca y espero que ustedes, amigos, lectores, compañeros, perdidos en la red, puedan disfrutarlo también. 


Amadeus, 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

I'll never be your beast of burden.






“I’ll never be your Beast of Burden”. ¿Les cuento algo? Las cosas siguen un poco desparejas. Pero, si de algo sirve todo esto, es para que yo lea por segunda vez la Biografía de mi querido y ya cercano amigo, Keith Richards. Y tal vez… todo se trate de eso.

La neta (o realidad) –aquí hay espacio para cualquier tipo de latinismo- es que las opciones pueden ser múltiples. Las razones, unas cuantas. Los días, se pueden contar del uno al siete y cada uno de ellos, emparentarse con algún curioso planeta de esos que orbitan sobre el mismo sistema solar que compartimos, todos juntos, como hermanos. Los viajes se pueden sumar en meses, años. Se podría re-calcular cuántas veces sean necesarias, las suerte del GPS y nada nos llevaría a nada.

Escribir solía ser algo placentero, no algo pasajero. ¿Lo recuerdas Amadeus? Yo te leía con ínfulas y ganas. Las palabras golpeaban. Las teclas se rompían. Los renglones se sumaban y los párrafos quedaban acumulados en montoncitos que algunos llamaban lamento, otros diario y, por qué no, argentinismo.

Hoy estoy en la Argentina, te cuento. Las intenciones son las mismas. Las ganas, son pocas. El destino, ¿o el desatino?  -ya no sé bien cómo llamarlo-  me llevaron a alguna circunstancia un poco ridícula por demás y después de ello, lo mismo de siempre. Amadeus no sabe a dónde ir, Miguel se vuelve loco y se vuelca en una cuesta que sólo apunta al infierno de la bipolaridad. Amigos, droga, amigos, rock, amigos música, alguna mueca… Rock…  Y lo mismo vuelve a repetirse.  Una y otra vez, ¿cuál era esa palabra griega? Ah, sí. Me acuerdo: TAUTOLOGÍA. Que no acepta cambios. Que se repite. Siempre igual.

Podré ser, porque lo soy: un montón de cosas. Algunos días, me despierto con más curiosidad que otros y se me da por leer sobre el Tarot y practicar tirando cartas. Otros, soy un romántico. En los menos, soy feliz sólo por existir. Y allí, el KI de la cuestión. ¿Será que soy Conejo, Mago, Libra,  o una carta del Tarot? Será que soy Amadeus, Miguel, Fausto, Alfalfa, Narigón. ¿será que soy una marca al costado izquierdo de una guitarra que no deja de acompañarme a ninguno de todos los múltiples universos en los que vive Amadeus? ¿Era Amadeus o era Fausto? Ya ni me acuerdo.

No estoy en la completa sanidad. No, jamás. Creo que los días me hacen más y más inestable. Me desligué de todo y todos. Por más de cinco años, anduve viajando sin rumbo y el sin rumbo me llevó al lugar de partida: Buenos Aires. ¿Querés que te diga la verdad? Sos preciosa Buenos Aires. Sos tan celosa. Tan multifacética. Tan única. Tenés tanto Rock. Es, realmente, admirable.
Y yo, sólo quiero ser una estrella de Rock que haga Rock que cante Rock, que respire Rock.

“How Can I Stop”, ¿mi querido Keith? Sólo puedo responderte con un “I’ll never be your beast of burden” pero creo que ya sabés ésa respuesta. Tal vez, sea hora del “Hey you, get off my cloud”. Pero no hay a quién decírselo.

Me gustó mucho lo que hiciste el otro día Amadeus, me olvidé de contarte: estuviste a pleno Rock todo el fin de semana. Con gente que se acercaba a escucharte tocar el Blues. Escuché a varios felicitarte al respecto. Y eso me alegro. ¿Seguimos?

….

Salud viejo amigo.



Amadeus, 

martes, 5 de noviembre de 2013

Sobre la Desesperación




Ay… amigos, ¿cómo les cuento mi rabia? ¿Por dónde empiezo? Tanto rebajarse. Tanto bajarse. ¿Bajarse? Sí. Bajarse. Bajarse de un avión eligiendo una ciudad cualquier… la más austral de ser posible y venir ¿a dónde? A la nada misma.

Quiero culpar a alguien. Pero no puedo. Quiero decir que me arrepiento. Pero no me sale. Quiero decir que tengo orgullo. Pero de ése no me queda. Quiero gritar que el mundo es un lugar fantástico y lleno de esperanzas… Pero no creo en nada. No creo en nadie. No creo en las ciudades. No creo en los países. No creo que pueda yo servir para alguna cosa. Y acá me tienen…

Tengo una bronca que abarca toda la costa del pacífico e incluye el resto del océano. Tengo una cosa tan adentro que no me deja dormir tranquilo.

¿Qué hago? Un ataque de desesperación. ¿A dónde estoy yendo? A la ruina misma, mis queridos amigos. A la ruina mísera del patético personaje que ya nada tiene para ofrecerles. Entendí que mi ejemplo es un ejemplo de esos que mata pasiones. De esos que arruinan amores. De esos que no dejan nada a la imaginación. Soy la indiscutible prueba de que hacer las cosas mal tiene sus consecuencias. De que en realidad, ser un inútil, tiene poca utilidad. Y tal vez, sea hora de ser útil. Pero, ¿qué les digo? Si me quedé sin palabras.

Sin embargo, ¿a qué me aferro hoy? Me han robado hasta la esperanza. Se me acabaron las fuerzas. Se acabó todo. Basta de sueños. Basta de ideas. Basta de gente. Realmente, hoy me gustaría desaparecer.


Amadeus, estoy desesperado. ¿Qué hacemos?