domingo, 30 de diciembre de 2012

Carta de Fin de Año,




Son ciertas todas aquellas cosas que andan diciendo. El mundo es un personaje paralítico que se mueve iracundo sólo para hacernos pensar que, tal vez, no estamos haciendo las cosas como se deben. Y uno se entrega a leer, a pensar. A sentir que las cosas van a cambiar o mejorar… o quizá,  diferentes. ¿Por qué esa neurótica intención por parte de nuestra elemental psique de creer que las cosas deberían ser diferentes? Ah… pero ahí viene la esperanza.

Me siento a ver cómo se esconde el día. Corrí el escritorio y, ahora, tengo vista a la ventana. Quizás complete de esta forma, aquel sueño burgués de escribir por encima de mi ventana. Y me reviento, o se revienta, todas esas manifiestas ideas de ser un escritor, ser un artista, ser músico…. ¿ser alguien?


Ayer tomé whisky en cantidades exorbitantes.  Práctica que no venía haciendo por cuestiones de salud. A uno se le da por creer que lo mejor sería el reposo y, sin embargo, yo veo en todo esto una especie de solución catártica, cual Freud.  Pensé en muchas cosas. Me gusta pensar a la vera de una intriga etílica que resurge, que ata y desata, levanta y mata. Pensé en que, sobre mi porvenir, me gustaría poder hacer algo de lo cual mis hijos (si es que alguna vez  los tengo) estén orgullosos. Y pensé en el temor.

El temor de quien teme fracasar. En todos mis temores, que son muchísimos. Pensé en todos esos episodios esquivos de ser alguien o hacer algo. ¿Tema recurrente el mío? Puede ser.

En estos días que pasaron, a Dios gracias, estuve leyendo muchísimo. Uno de ellos fue un libro de un autor argentino, bastante banal –si se quiere dar un adjetivo inmediato-, pero de una profundidad cósmica.
Los párrafos están escritos con una soltura envidiable. Y, los diálogos, son de una desprolijidad pura, contenida en la más cierta de las realidades posibles. Son conversaciones entre amigos, de lo más ocurrentes, de lo más simple. Nada de estorbos elementales como se los encuentra en los imbricados textos de Goethe, uno de mis autores preferidos. No esto es de una calidad mucho más sencilla y qué tanto más emocionante, pienso yo. ¡Varios signos de exclamación, varios!

Y uno de esos elementos con los cuales está sostenido el relato (o la ficción, diría Cortázar), es el vínculo de la amistad. ¡Extraño a mis amigos y esas esporádicas, nada casuales, tardes de compañía! Extraño mi cotidianeidad cierta e incierta, constantemente alterada por los avatares de ser alguien…. Extraño mi vida, la de tener mis amigos, mis espacios, mis rincones verdes. Extraño.

Y pensé en todo lo que se viene. En el temor del seguir adelante. En el que no arriesga no gana. En cantar más fuerte aún, para llegar más alto. En verme a las cuatro de la mañana, completamente ebrio. Y me gustó el futuro que se viene. Me alegró. Me hizo pensar en positivo.


Al Amor, a los Amigos, a la Familia y a la Paz:


¡FELIZ AÑO NUEVO!


Amadeus,

sábado, 15 de diciembre de 2012

Carta Abierta a la Música



Me gusta pensar en ésas viejas fotos. Creo que por eso, las canciones que hablan de ello, son las que más me emocionan. Me gusta ver cómo se dan los cambios. Se me da por pensar, ahora que estoy un poco a la ligera que llegué hace un ratito de un vuelo insufrible, que el mejor ejercicio que uno puede hacer es el de conocerse. Y, creo –de esto no me acuerdo al 100%-, que una de las sentencias filosóficas de la antigüedad era –precisamente-: “conócete a ti mismo”.

Hoy fue un gran día. Un día sumido en la más absoluta soledad. Un poco como todos los días que paso en éste desierto, Dubái.  La gente me habló un poco me dijo cosas como: “Amadeus, ¿pero no podés aguantar un poco más, hacer algo de plata?”. Cosa que, evidentemente, no puedo porque mi monedero sigue estando en cero. O… así me gusta creer. Pero, más allá de eso, no se dan cuenta, siento, que la soledad se debe a que en éste lugar, el mundo gira en otro sentido, la gente piensa en otras cosas, la vida se desenvuelve de diferente manera y los gustos son completamente distintos.

Hoy es el día número mil de mis días en completa soledad. Me levanto, toco un poco de guitarra, compongo alguna cosa, trato de leer. Leo lo que puedo leer, me conecto con los que me puedo conectar, me siento a tocar un poco más de guitarra. Cierro las cortinas porque no me gusta ver que pasa el día. Me gusta saber que, si tengo sueño, me voy a ir a dormir porque total, cuando me despierte, voy a hacer un poco lo mismo que hice ayer, que hice hoy y que haré mañana.

Tampoco es que estoy sumido en una inmensa depresión. No, afirmar aquello, sería desatinado. No. Estoy inmerso en una tremenda soledad, lo cual es diferente. Un poco lo busqué, un poco lo esperaba, un poco lo necesitaba.

Pero, con ello pues, uno de mis ejercicios como bien decía yo mientras Sabina raspa con la voz, es el de mirar fotos viejas que muestren, de alguna forma, el paso del tiempo. El tiempo, esa copia inmóvil de la eternidad, dijo Pascal.  Y las vi. Vi muchas y de muchos. Me gusta pensar en las sensaciones que tenía en aquel entonces y qué sensaciones tengo ahora. Me gusta creer que pienso diferente.

Tengo un largo viaje desde que salgo de HQ hasta que llego a mi depto. Son unos 40 minutos de trayecto en donde yo reposo y repaso todos los momentos que tiene una vida. Algunos son muy lindos, otros son muy tristes. Me acuerdo de quien me dijo “estás viviendo de ensoñaciones” y recuerdo también que hoy por hoy, los amigos se cuentan con la mano izquierda.

Caer en la cuenta de que uno está en la más inmensa soledad, es triste. Pero no triste porque es un final cantado del destino irreparable del hombre neurótico como quizás lo soy yo. No. Es triste porque todos aquellos en los que ciegamente uno pone el alma, le hacen la vista a un lado. Y, ni siquiera se toman el trabajo de fallarle a uno.

Siempre rehusé de la banal idea de creer que las cosas las tiene que hacer uno, por su cuenta y para su gusto. Pero hoy, siendo un poco más viejo… o … mejor dicho, estando un poco más solo… vengo a afirmar un poco lo mismo.

¿En dónde quedaron mis años? ¿En dónde quedaron mis vergüenzas? Llámenme cínico o dramático… Pero hoy siento que mi espíritu no tiene mucho más margen.  Siento que mi devoción se debe a una sola cosa y, tan sólo ella, es el artífice de todos mis sentidos: Es a la música preciosa, amor complicado que hoy tomo por propio.

Cuando uno se entrega a la Música, uno tiene que creer que se entrega al criterio postrero de la nada misma. La música es cruel, es altiva, es virtuosa. La música es técnica, es amor y es paciencia. Es el mayor de los bienes y es la más grande devolución… Y sin embargo, yo tan poco hombre, tan poco virtuoso, tan poco músico, tan poco talentoso, tan poco paciente, con tan poco amor, con tan poca técnica… ¡Ay música, la más cruel de todas las señoras!

Cuando decidí tomar un poco el rumbo que hoy tomé, lo hice a sabiendas de que era un tipo tremendamente limitado y ahora, ya no me caben dudas al respecto. Reconozco mis grandísimas limitaciones en lo que es la virtud de la música, el don de las gentes y la inteligencia práctica. Si admito una cosa y es que las palabras, a Dios gracias, a veces salen como disparadas de mis dedos. Pero es un derecho más que una virtud. Es un sistema que logré vencer porque en el Principio era el Verbo. Porque en el principio, sólo estaba la palabra.

¡Cómo me gustaría poder ser un poco mejor de lo que soy y dejar de ser tan limitado! ¡Cómo me gustaría creer un poco más en todas esas personas que tanto me han fallado, que tanto mal me han hecho y que tanto mal les queda por hacerme! Cómo me gustaría ser un poco más nada y vivir un poco más de todo.

Éste tipo de vida, el que llevo, de quizás ir viajando de lugar en lugar cada una porción de años, me enseñó una sola cosa: nadie va a estar ahí, porque nadie tiene que estar ahí. Es sólo la idea de creer que uno está con alguien.

Mi destino, sí es que podemos afirmar tal cosa, es el de los más oscuros abismos y las más cínicas de las tristezas. La soledad del que sabe que nunca quiso entregar nada. Del que nunca tuvo nada y del que nada saber hacer. Porque eso soy yo, un don bueno para nada.

A mí no me desagrada el epíteto. Es más, hasta tiene nombre y apellido. Me hice llamar Amadeus, para cargar con mi propio nombre la responsabilidad de no ser un apellido. Algunos creyeron encontrar en Fausto alguna luz, yo encontré puras amarguras.

Se me fueron los buenos ratos, se me fueron los buenos momentos. Se me fueron los amigos de la infancia y la familia que tanto me cuidaba. Se me fueron las esperanzas de sentir que el mundo va  a ponerse mejor y que todavía es bueno creer en la gente. Se me fueron las esperanzas de aquel, único sueño de mi vida, ser padre. Se borraron los besos de un amor que tenía rulos, de uno que era rubia y de una que tenía tatuajes. Se desvanecieron las ideas creídas de que los chocolates son amigos y a uno lo cuidan por siempre, porque se esfumó toda idea concebida de normalidad y pluralidad.

Sólo quedan, a Dios gracias, los recuerdos de unos muy buenos amigos. Compañeros inseparables con lo que justamente, hace muy poquito hablaba y disfrutaba con ellos, algunas copas. Los compañeros con los que luché y aún lucho por una única y misma causa: La música.

Escribí una canción hace tres días. Una gran canción según mi criterio. Mis canciones me ayudan. Son lo único que me separa de saltar por un piso 15 al pavimento muerto de una calle en el medio del desierto. La música, el aire de libertad, la esperanza del Amor. Sólo quedan hoy, y para la vida póstuma, entregadas completamente al más lindo de todos los artes. Al que me ha dado tantos dolores. A la que tan poco le importo, porque tan poca cosa soy yo, en comparación de todos aquellos genios que la han descubierto, descifrado y hasta le han hecho el amor… Música, pilar de mi vida, amor de mis amores, principio y fin de mi patética y despreocupada vida. Música…

A vos, Arte de las Artes, a vos… Mi único y verdadero amor… te dejo mi vida, te dejo mis manos, te dejo mi alma, te dejo mi cuerpo, te dejo mis esperanzas, te dejo mis letras, te dejo mis recuerdos, te dejo mis momentos, te dejo mi presente, mi pasado y mi futuro… a vos, mi querida y única amante… te dejo la eternidad.

Tu fiel servidor,

Amadeus, 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Me acuerdo.





Me gusta cómo es que suena esa guitarra. ¡Ahora mi computadora, está un poquito levantada, lo que hace que mi teclado esté mucho más cómodo! Volví de un viaje. ¿De un viaje? Si, de uno de mis viajes.

Es hora de dejar de volar, pienso hoy. Pero tampoco quiero ser tan drástico. Hace más de un año que empecé éste blog y todas esas cosas que pasaron, que me pasaron, que nos pasaron. Siento ésa guitarra… “vi… tus… fotos” dice el que canta y pienso tantas cosas diferentes. Vengo componiendo tantas canciones, todas son una parte de algo que pienso, un poco de todo lo que veo, algo de lo que me mueve.

¿De acá a un año atrás? ¿Te acordás Amadeus? Sí, me acuerdo. Estaba sentado, viendo un día de lluvia. La lluvia, que cosa mágica. Ya casi no lluevo en donde ahora vivo.

Tengo nuevos planes, tengo nuevas metas, tengo nuevas canciones. Me gusta sentir que pienso y compongo que compongo y pienso. Leer, me acuerdo de las cosas que anduve leyendo. Me gusta saber que ahora tengo anteojos y que puedo leer un poco más, sin que la vista se me canse tanto.  Me  parece bien creer que crecí.

Sí, crecí. Encontré el amor, encontré la música, encontré la vida, encontré la ruta. Encontré un montón de países con un montón de gente. Y me pregunto si todo esto es una especie de sueño insomne o que, solamente, tiene que ver con el paso del tiempo que nos hace más nítidos.

Me acuerdo de mis amigos. Me acuerdo de todos ellos. De mi familia. De las cosas que me dijeron. De Phillip Glass tocando alguna de sus piezas musicales y me acuerdo, indefectiblemente de la mandolina que tantas alegrías me trajo. Me acuerdo del sol, de la sensación de pisar el verde. Del ruido que hace el agua cuando alguien salta a la pileta.  Me acuerdo.

Me acuerdo de lo que significa ser Hombre y no dejarse llevar por los vicios malignos que a veces involucran al ser. Me acuerdo de cómo la música se sentía por las venas cuando iba al Colón con mis amigos a escuchar alguna que otra ópera de Wagner o, quién sabe, algún cuarteto. Sí, me acuerdo bien.

Me acuerdo de las melodías oscuras que teñían de gris mis noches de insomnio. Me acuerdo de mis dolores de cabeza, por la ingrata, por lo ingrato, por los ratos.  Me acuerdo de las noches de tanto alcohol que quedaba tirado, al costado de la cama, con ganas de vomitar.

Me acuerdo del desorden. De los ruidos que hacían las hojas cuando yo las pisaba pensando que algún día me iría lejos, bien lejos de ése lugar para viajar por el mundo. Me acuerdo de la primera vez que escuché el violoncello. La primera vez que la Música se convirtió en el epicentro de todas mis emociones. Me acuerdo.

Me acuerdo de cómo mis amigos y yo, formamos una relación, en base a todas esas cosas que sentíamos con algunas de las canciones que nos tocaba, a nosotros niños, oír. Era la primera vez que muchos estábamos siendo parte de ése movimiento artístico conocido por Rock. ¡El Rock! Esa pasión, ególatra si se quiere, de ser puro y libre. La libertad de ser. De saber. Sí, me acuerdo.  

 Me acuerdo de todos esos momentos lindos. Me acuerdo de cuando empecé éste blog. Era un día de lluvia.

Me gusta cómo suena esa guitarra. Voy a poner ésa canción, una vez más.

Amadeus,

viernes, 23 de noviembre de 2012

Música y la Frecuencia del Universo...





 Quizás sólo sea pensar correctamente. Quizás, sólo sea ver aquello que tenemos tan escondidos adentro, en nuestras almas.  No voy a hacer una apología del progreso espiritual. Ni tampoco tengo intenciones de hacer un análisis teórico sobre cómo debería ser vivida la vida. Simplemente, si me lo permiten, voy a contar una experiencia personal, recién ocurrida.

Desde hace unos dos años, aproximadamente, se me dio por empezar a meditar. Mejor dicho, se me dio gracias a un amigo personal que al verme muy mal, producto del stress y los avatares de la vida cotidiana, me aconsejó esta excelente técnica para refrescar un poco mi terrible estado de ánimo.

Desde que me inicié en el arte de la meditación, pude notar significativos cambios. Los más importantes, estuvieron relacionados al tema del dormir y la lucha contra un insomnio atroz que desde que tengo memoria, me viene afectando. Sin embargo, cuando practicaba meditación a diario, el problema del insomnio quedaba resuelto y, he de admitir, me sentía muchísimo mejor.

Hoy por hoy, para ahorrar espacio y el tiempo de ustedes - mis lectores (¿mis lectores?)-, la meditación se volvió un privilegio que a veces me doy. La verdad que, como toda disciplina, requiere de esfuerzo y un marco en dónde poder practicarse. Éste debería estar libre de malas energías  y, preferentemente, debería contarse con una cierta continuidad o periodicidad que acompañe a la disciplina. Si a todo esto se le puede sumar un deporte de bajo impacto o yoga, muchísimo mejor.

Yo ya no habito en dicho entorno. Con mi trabajo y en mi lugar de residencia, el poder meditar se me complica.  Es una de las cosas por las cuales, quizás, más ganas tengo de dejar Dubái y volver a tierra firme. Para volver, de una buena vez y con todo, a la meditación y al yoga.

Sin embargo, y he aquí la anécdota: hoy se medio por probar una meditación, cortita, casi insignificante. Se me ocurrió después de haber sido aconsejado por otro gran amigo sobre la afinación de la música en 432 MHZ. Al parecer, la música se afinaba, algún tiempo atrás, en ésta modalidad pero con el régimen Nazi esto cambió y pasó a ser en 440 MHZ.

Al parecer, la frecuencia del mundo es de 432 MHZ. Es una frecuencia que puede encontrarse en todos los en todos los organismos vivos del planeta y nosotros, por disidentes, por inconformes, ¿por violentos tal vez? hemos decidido cambiarla y abusar de dicha frecuencia aumentándola en 8 MHZ.

Solamente me voy a remitir al ejercicio que yo hice hoy y, si cuento con la suerte de tener algún lector leyendo éste artículo, entonces les aconsejo que lo hagan ustedes mismos.

Meditar, respirar, relajar: El mundo se está convirtiendo en un tremendo caos y a veces no se nos da por sentarnos un rato, cerrar los ojos y sólo respirar. Estamos muy apurados, todo el tiempo, en todo momento. El ritmo vertiginoso de vivir en la ciudad.

A mí me nace hacer todo lo contrario de lo que se hace normalmente. Quiero vivir más en paz, más conmigo mismo, menos en donde todos. Quiero vivir más sano, quiero hacer más bien que mal y quiero estar relajado.

Como reflexión final, si me sirve de algo a mí o quien sea… Quizás con la música en 432 MHZ encuentre una forma más mía de poder hacerlo.

Amadeus, 

jueves, 22 de noviembre de 2012

A vos, mi Buenos Aires...






¿Y por qué no habré de escribir hoy? Si total, el tango suena en la esquina de mi cuarto. ¿Por qué no habré de escribir hoy? Si el tango, es hoy, puño y letra del alcohol que tomé, durante toda mi noche. Yo estoy acá, vos estás allá. Buenos Aires, ¿Acaso te acordás de mí? Yo sí me acuerdo de vos, como el violín de Edmundo Rivero y en ése Alguien que le dice al Tango, y yo… acordándome. Yo, mejor dicho, recordándote.

¿Te acordás de mí, ciudad de Buenos Aires? Porque yo sí.
Buenos Aires, tan sola, tan mía, tan tuya. ¿Buenos Aires? ¿Qué tienen de buenos? ¿Te acordás de mí? Ciudad gris, que acá, en el desierto, ya no hay días nublados como los tuyos. Esos días de otoño en donde lo gris era tan denso que ni con aires de miel, podías endulzarte. ¿Buenos Aires? ¿Te acordás de mí? Porque yo sí.

¡Qué amarga desventura, mi cafetín, mi Buenos Aires! ¡Qué amargo los años, que hoy nos tienen lejos! Yo me acuerdo, cuando todavía eras limpia, cuando todavía eras joven. Cuando tu gente, estaba orgullosa de ser porteña. Yo te veía, te sentía. Iba a tus costas, sólo para poder respirarte. Tomar un café en tu centro, era para mí, todo lo que podía pedir. El tango, era sólo una excusa para amarte, tan sinceramente como lo hago.

Y , sin embargo, mi buenos aires. Mi… buenos… aires… ¿Qué es de nosotros dos? ¿Acaso, hoy, te acordás de mí? ¿Me olvidaste? ¿Ya no me tenés ahí, en tu memoria? ¡Si su amor fue flor de un día, por qué causa es siempre mía, ésta cruel preocupación! ¡Nostalgias….! ¡Sí, nostalgias! Mi Buenos Aires…

Gardel llora al evocarte. Yo sufro al recordarte. ¿Y qué importa ya? Si mi whisky está en el borde de la copa y pronto, pronto,  muy pronto, va a estar vacía. Como el alcohol que me acalora. Como el recuerdo, de una morocha con rulos, de una rubia con pelo llano, de una morocha con tatuajes, de una extranjera en suelo extranjero. ¿Qué me importa Buenos Aires? Si hoy no somos nada, ¿o me vas a decir que sí?

Buenos Aires, podría componerte los mil y un versos, hacer de tus esquinas, una rima, hacer de tu cielo, una poesía, hacer de tus calles, mi credo. ¿Y qué importa todo eso? Si ya no te acordás de mí. Lloro, caen mis lágrimas. No, que no es de borracho. Caen mis lágrimas, con ése bandoneón de Julio Sosa que nos habla, nos dice… tantas cosas. ¿Amor? ¿Qué es el Amor? Hablame, Buenos Aires, decime alguna cosa, por Dios te lo pido que acá yo me estoy muriendo.

Hará un año que hice éste blog, y todos mis comentarios, hablan de lo mismo, hablan de vos. Mi tierna Buenos Aires. Tengo un tanguero tatuado en la espalda, la gente me dice: ¿Por qué tenés a un ahorcado en tu espalda? Te ven, reposado frente al farol y piensan lo peor. Piensan que estás muerta, mi Buenos Aires. Mi ciudad… y yo que te extraño y te digo: no estás muerta.

¿Estoy borracho? Mejor dicho, estoy borracho. Dice Julio Sosa: ¡Yo me hice en tangos! Y se me da por pensar que yo me hice en tangos, porque el tango es macho. Porque el tango es fuerte. Tiene olor a mina, tiene gusto a muerte. Te amo, tango de mi alma. Te amo, tango de mi vida. Te amo, ciudad de Buenos Aires. Te quiero. Te llevo tan adentro que a veces me pregunto: ¿Qué hice yo para merecer todo esto?  ¿Por qué?

Yo viviría en cada uno de tus rinconcitos, sin tener que pedir permiso. Sin tener que pedirle prestado nada a nadie. Pero vos, ofuscada, oscura, inútil, inerte, no me das bolilla. Yo viviría al son del bandoneón, si tan sólo me dejaras, hacerte el amor con el tango. Hacer del amor, un tango, quizás sea lo más atinado.

Buenos Aires, me acuerdo de vos y se me caen las lágrimas. ¿Extranjero en mi propia ciudad? A mí no me vengan a hablar de nada de eso. Yo te vi un día, tan gloriosa, tan iluminada, tan mujer que dabas envidia, tan erótica que excitabas las almas de otros países. Yo te vi. Tango de mi buenos aires querido…

Mi buenos Aires…. 

viernes, 26 de octubre de 2012

La Canción del Caminante

Canción del caminante


Tengo que escribir. No sé si es tanta la tarea de comunicar. Pero estando en mi casa, viendo como las horas en esta ciudad desértica caen muertas a la vera de una noche que se pierde y un día que nunca se ganó, uno se pierde en las ganas y comienza a escribir. ¿Qué estoy buscando con esto de escribir? ¿Por qué no me siento a leer de una buena vez? No, son suficientes latas de cerveza las que tomé hoy, me sería imposible. Además, para sentarme a leer necesitaría de mis anteojos los que, por despecho creo yo, todavía no mandé hacer.

Situaciones complicadas las de subsistir. Hoy veía en una entrevista que uno debería ser, por sobre todas las cosas, una persona espiritual. Que no se entienda el ser espiritual, con ir a Misa todos los domingos. Esos espiritualoides, ya me tienen cansado. No. Me refiero, o se refería el entrevistado mejor dicho, a la acción que supone pasar tiempo con uno mismo. Entenderse. ¿Conocerse, tal vez? Situación incómoda algunas veces, porque yo les puedo advertir que, contrariamente a lo que pensaba hace algunos meses, hoy daría todo lo que tengo (quizá no mis instrumentos musicales) para poder pasar tiempo en afortunada y celebrada compañía. Como puede serlo, algún amigo o algún familiar. 

Vivir en este entorno tan tosco, tan oscuro, tan servicial, me da una tremenda pena. De esa que ya no puedo mucho más resistir. Es como si el desierto se me estuviera pegando en el Alma y junto con él, se están secando todas mis emociones. Me estoy convirtiendo en una persona nula,  lo que mi Corazón juró nunca entregarse. Veo los relatos fantásticos y veo también, esos episodios tan cómicos que figuran en los diarios contando lo mal que se está el mundo, harto de novedades, lleno de problemas. Seguimos con la misma historia desde hace no sé cuánto tiempo y a mí se me dio por preguntar, ¿cuánto más tengo que aguantar todo ésta estupidez?

¿Cuánta más ignorancia mayor la felicidad? No, tampoco creo eso y es hora de derribar ese fatídico mito. Es hora de entender que el Conocimiento, el Verdadero, se encuentra en la Acción Plena del hombre. Basta ya de suponer e intentar entender difíciles teorías, sumados a engorrosos teoremas sobre cómo debería funcionar una economía autosuficiente y bah... ¡Es hora de ser autosuficiente! Basta de esas torturadas excusas de: con esto no voy a conseguir trabajo, por eso estudio Abogacía. ¡Basta de Abogados! ¿Para qué queremos más? Sinceramente.

Hoy estoy más resuelto que nunca, tal vez, a luchar por mis sueños. Los oscuros, los débiles, los que están perdidos. Me da muchísimo miedo, no lo voy a ocultar. Mucho más, me invaden un montón de emociones. Y el hecho de tener que descartar algún que otro tiempo y entregarme a muchos sacrificios.

Pero es hora de encarnar, en Acción: en Cuerpo y Alma, el Amor más puro, sobre lo que siento y considero como vida. Como mí verdadera Vida. Escuchando una canción del grupo de Tyler, si, Aerosmith, escuché: Life's a journey not a destination. Me da la sensación, hoy por hoy, que tiene más lógica eso que cualquier otra cosa que haya leído en algún que otro libraco.

¿Pueda ser que el Amor puro es aquel a lo que uno se entrega por completo sin la menor intención de abandonarse en el camino? Yo tengo ganas de entregarme por completo y, de ahí en adelante, que los pasos sean guiados por el Amor, ya no por el interés.

¡Tal vez sea hora de que abra un poco más mi corazón y dé espacio al Amor!
¡Al verdadero! ¡Al único!

Amadeus, 

domingo, 21 de octubre de 2012

Canción Italiana



Mandolina: Canción de Pelagia

Veo mi Mandolina recostada sobre mi cama. Veo la guitarra, dada vuelta, después de haber sido usada un ratito. Veo como una botella de vino, 2010 Cabernet Sauvignon está casi terminada. Pienso en todas las cosas que hice hoy. Pongo música. Pienso en todo lo que hice ayer. Pienso en lo que dije ayer. Veo las cosas que hay tiradas en mi cuarto. Dos pares de medias de vaya uno a saber cuántos días... un paquete de Almendras, una caja de alfajores. Veo la botella con agua mineral que dejo al costado de mi cama, antes de irme a dormir porque a la noche me da mucha sed.

Pasan las horas. Pienso en lo que hice hoy, pienso en lo que hice ayer. Decido cambiar los puntos por comas para ver cuál es el impacto en la palabra escrita. Pienso a dónde fue que viajé hace unos días y me intriga saber a dónde viajaré mañana. Si tengo que compararme con un Amadeus de hace algunos meses atrás, diría que él no viajaba tanto como lo hago yo. Y, sin embargo, puede que esté harto de viajar.

Pienso en lo que escribí ayer. Pienso en lo que quería escribir hoy. Veo mi cuaderno con esas notas, pienso en las canciones que compuse, en las que canté sin tener letra, en las obras que toqué ayer, las que toqué hoy. Veo mi mandolina dada vuelta, en mi cama, descansando. "¿Tengo una mandolina?" pienso... me es difícil creer algunas cosas. Pienso.

Me acuerdo de lo que dije ayer, de lo que dije hoy, de adónde fui el otro día y sé a dónde voy a viajar mañana. Recuerdo como era el Amadeus de hace unos meses y sé, lo doy por contado, que éste Amadeus viaja mucho más que el anterior.

Me pongo feliz. Sé que viajo en unos días, sé a dónde voy a viajar. Viene mi hermano. Sé que lo voy a ver. Le dije a mi familia: nos vemos en diciembre. Me preguntaron por qué: les contesté "porque no sé cuándo los voy a volver a ver".

Pienso en lo que dije ayer, pienso en lo que digo hoy, pienso en lo que les voy a decir mañana cuando me pierda en el mar del fracaso incontrolado, autoinflingido. Me gusta pensar que mi destino es el de ser el Más Grande De Los Fracasos, y lo peor de todo es que me gusta la idea. Se me da por pensar, hoy que pensé, que ya no tengo ambiciones más que la de no ser ambicioso. O, tal vez, la de no tener mayor éxito que el de ser una persona sin éxito absoluto. Me gustaría, quizá, que se me recuerde como aquella alma viajera que un día se perdió en alguna ciudad, creo que de Europa y nunca más volvimos a saber de él. ¿Estará bien?

Pienso en lo que dije ayer, pienso en lo que dije hoy, pienso en lo que les diré mañana cuando desaparezca en lo que creo que será, alguna ciudad española. Se me da por pensar en la Libertad, en ser libres, en ser un completo fiasco. "Amadeus, seguí escribiendo que vas a llegar muy lejos... ¿nunca pensaste en ser escritor?" Ya no pienso en nada, mi querida amiga.

El otro día, pienso en lo que me dijeron ayer y en lo que me dijeron hoy, alguien me hizo notar que en cinco años tendremos 30. Pensé. ¿Tengo que pensar? ¿Qué hago en donde estoy? ¿Qué hago? ¿Dónde estoy? ¿Son dos preguntas?

A veces se me da por pensar, en lo que dije el día anterior, en lo que digo me digo en el presente, en lo que voy a decir mañana cuando de pronto desaparezca y tenga que explicar a mi familia que dasaparecí por mi propia salud. "Es que se te ve tan bien ahí en donde estás".

Si, puede ser. Pero pienso en lo que dije ayer, en lo que dije hoy... en lo que voy a decirles mañana a mi familia cuando desaparezca. Veo mi mandolina, dada vuelta encima del cuaderno con notas que tiene esas canciones que canté, las que inventé, las que compuse por componer. Las que se encierran en esa vieja idea de lo que fui, soy y seré.

Pienso en todo. Pienso, pienso y pienso otra vez. Y de pronto se me dio por creer que si no pensara más, todo sería más fácil.

Veo mi Mandolina, dada vuelta sobre mi cama, apoyada sobre el libro que tiene notas de esas canciones que canté, que canto y que cantaré.

Es hora de irse. ¿Qué les parece?

Amadeus,